de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Leeds se escribe con mayúsculas y una línea debajo en el cuaderno. Como se escribe el nombre de algo que uno todavía no termina de creer.
La ciudad tiene setecientos mil habitantes —lo anoto como si el número fuera una credencial, como si la cifra me ayudara a entender dónde he llegado. No es tan grande como Londres, pero yo la veo extensa, generosa en espacio, más verde que Londres de una manera que no es decorativa sino estructural, como si los árboles hubieran llegado antes que los edificios y los edificios hubieran tenido que negociar con ellos. Está rodeada de pueblitos antiguos bien comunicados. También hay buses de dos pisos, pero no son rojos —son blancos con naranja, lo cual anoto con la ligera decepción de quien esperaba exactamente los rojos y recibió algo funcionalmente equivalente pero estéticamente distinto.
Es cara, pero no tanto como Londres. En eso Leeds gana.
La casa de Justin queda en el 1 de Bentley Grove — lo que aquí llaman un back-to-back: una forma de vivienda obrera del siglo XIX en la que las casas comparten tres paredes con sus vecinas, construidas así para meter la mayor cantidad de gente posible en el menor espacio posible durante la Revolución Industrial. La mayoría fueron demolidas hace décadas. Las que quedan —como esta— tienen ahora calefacción central y baño interior, y eso las convierte en algo que el mercado llama con carácter y que el mercado cobra en consecuencia. Justin la compró y arrienda los cuartos a sus amigos de universidad —negociante desde siempre, ese Justin. Tres pisos. En el primero la sala y la cocina-comedor. En el segundo el cuarto de Justin, el baño y el cuarto de Andy. En el tercero —la buhardilla— el cuarto de Steve y de Josselyn. Yo duermo en la sala. Hay un sótano con la lavadora y los implementos de aseo.
Lo que más me llama la atención no es la casa sino cómo viven en ella. Todos profesionales de veintidós a veinticinco años que trabajan de día y de noche se reúnen a cocinar y a charlar. Cada uno compra lo suyo, pero se comparte el concentrado de jugo, el azúcar, las cosas de la casa. Justin tiene una lista de limpieza distribuida por horario. Él también aparece en la lista. Eso lo anoto: el dueño de la casa en la lista de limpieza. En Buga eso hubiera requerido una explicación que nadie hubiera dado porque nadie hubiera creído que necesitaba darse.
Son buenas personas. Me acogen sin preguntar demasiado. Yo también evito dar demasiado. En casa de Justin el tema de mi orientación sexual sencillamente no existe —ni Justin lo menciona ni yo lo ofrezco. Cada uno en lo suyo. El closet en casa ajena tiene sus propias paredes, más cómodas que las de casa propia, pero paredes al fin.
El lunes acompaño a Justin al centro. A las nueve de la mañana es un hervidero de gente yendo a trabajar —todos bien vestidos, perfumados con esa generosidad específica de los británicos que usan colonia como si fuera parte del uniforme obligatorio. Después de las nueve, el centro queda vacío con la eficiencia de un país que toma en serio el horario laboral. Nadie en las calles. Solo los limosneros.
Y aquí el cuaderno registra algo con genuina perplejidad etnográfica: los limosneros de Leeds son también del primer mundo. Altos. Rubios. Ojiazules. Durmiendo en sacos de dormir en pleno centro con una calidad de saco que en Colombia sería artículo de lujo de camping. Justin dice que son vagos que viven del gobierno. Y porque él lo dijo —anoto con esa candidez que solo tiene el recién llegado que todavía no entiende del todo el sistema— creo que son así, pues en el Job Centre hay cientos de empleos para aplicar. Solo necesitas ser europeo y saber inglés al dedillo.
Ops.
El clima es distinto al de Londres. El verano del norte es como el clima de Cuenca: llueve ligeramente una vez al día, hace un sol que no calienta para nada y muuucho viento. No quiero imaginarme el invierno.
Camino por Leeds esos primeros días con el cuaderno en la mano y la disposición del que llega a un lugar nuevo dispuesto a que le sorprenda. El centro tiene esa estratificación específica de las ciudades inglesas que han pasado por la Revolución Industrial y han sobrevivido para contarlo: edificios victorianos de piedra oscura que el tiempo ha vuelto más solemnes, junto a ornamentadas galerías comerciales como el Victoria Quarter —hierro y vidrio, arcos dorados, el tipo de arquitectura que decidió que el comercio merecía templos. La Universidad de Leeds le da a la ciudad un pulso joven y constante; sus estudiantes son el sistema circulatorio que mueve todo lo demás. Entre todo lo demás está el Corn Exchange —una bolsa de granos construida en 1864, una cúpula elíptica de hierro y vidrio que en su tiempo fue el corazón comercial de la región y que ahora alberga tiendas y cafeterías con la indiferencia elegante de los edificios que han durado lo suficiente para ver cambiar el mundo varias veces sin que les importe demasiado cuántas veces más va a cambiar. Lo anoto en el cuaderno. Dibujo la cúpula. Hay algo en ese edificio que me produce una atracción que no sé todavía cómo nombrar —la ciudad entra por los ojos de una manera que el cuerpo todavía no sabe cómo procesar del todo.
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Miércoles, 11 de julio.
Camino por Leeds buscando el sitio de la entrevista para no perderme el jueves. Lo encuentro fácilmente. También voy a la Universidad Metropolitana, al campus de St Beckett's Park, retirado de la ciudad —quiero averiguar sobre cursos de inglés, pero incluso en estas universidades más comunitarias son demasiado caros. Camino de regreso y casi me pierdo. Una señora británica se acerca sin que yo le pida nada y me indica cómo llegar con esa amabilidad discreta que los ingleses ejercen sin anunciarlo, sin esperar agradecimiento, como quien cumple un protocolo social que existe hace siglos y funciona precisamente porque nadie lo negocia.
Llego sano y salvo. Steve está en casa esperando llamada de sus padres. Charlamos un buen rato.
La noche anterior hablé con Ana Marie desde Noruega —una de esas amistades que la vida produce en los años de Cuenca y que la distancia convierte en algo más preciso, más esencial, porque cuando uno está lejos solo llaman los que realmente quieren llamar.
También hablé con Ángela. Amiga del colegio en Buga, de esas personas con las que uno comparte los años que forman y que después la vida dispersa en distintas geografías. Muchos de mis amigos de esa época emigraron de Colombia por esas mismas fechas, cada uno con su razón, cada uno hacia su propio norte o sur. La había llamado por primera vez desde Milán, ella no sabía aun el teléfono fijo de la casa de Justin, así que la llamé desde ahí para que lo tenga en su celular. Esa tarde estaba trabajando, pero hablamos casi una hora.
Está en Yecla, Murcia. Se casó con un español. Está a punto de arreglar su situación migratoria —cuestión de meses, dice. Y está embarazada. Lo dice con esa mezcla de alegría y peso específico que tiene la maternidad en el extranjero —la alegría es real y el peso también. Un hijo que va a nacer lejos de donde nacieron sus padres, en un idioma que será el suyo sin que el país lo sienta suyo necesariamente por ello.
Me contó que el pueblo está atestado de ecuatorianos. Que los colombianos tienen muy mala fama —y con toda razón, dice ella, con esa franqueza de quien ha tenido que tomar distancia de los suyos para sobrevivir en tierra ajena. Se emborrachan, hacen escándalo, algunos roban. Hay mucho racismo en España: a los ecuatorianos los llaman ponys —por pequeños, porque solo sirven para cargar cosas. Rudos.
Lo anoto en el cuaderno y no sé muy bien qué hacer con ello. Aquí en Leeds no he visto latinos todavía. Hay inmigrantes de India y Pakistán —no tienen mala reputación en Leeds, pero Steve me dice que, en Bradford, a diez millas de aquí, son vistos como una peste.
Como una peste.
La misma palabra que usarían para los nuestros en otro país. El racismo viaja bien, habla todos los idiomas, se adapta a cualquier geografía. Solo cambian los nombres: ponys en Murcia, pest en Bradford. El mecanismo es el mismo.
No lo escribo así en el cuaderno de 2001. Lo pienso así ahora. Entonces solo lo anoto como dato y sigo.
Cada uno construyendo su vida en el lado del mundo que eligió o que le tocó. A veces las dos cosas son la misma.
A las cinco llega Justin. Estuvo desde el martes en el concierto de Madonna en Londres. Increíble, dice, con esa economía verbal de los ingleses para los superlativos. Ahora tiene que estudiar: en noviembre son sus últimos exámenes, parte de su aspiración para ser aceptado de manera permanente en una institución financiera. Son los más importantes.
Lo acompaño a su habitación porque son las siete y a esa hora el internet es gratis. Quiero estar en contacto con mi gente. DM no está conectado, y es el que siempre me escribe. Chateo con mamá y papá y mi hermano.
Dios, cómo los extraño.
Lo escribo así —sin elaboración, sin metáfora. A veces la sintaxis más simple es la más honesta.
Abajo en la cocina ha llegado gente. Luigi, descendiente de italianos, lo cual me produce una simpatía instantánea y completamente irracional. Lora —me percato después de que su nombre es Laura, pero en inglés se pronuncia como Lora, y así me quedo— rubia, preciosa. Kiri, australiana. Casey, compañera de trabajo de Justin, chica de Leeds. Andy y Joss. Bajamos todos, tomamos fotos, conversamos. No demoran en aparecer las cervezas y el vino.
Luigi y Andy vuelven del minimarket con un brebaje en botella llamado Irn-Bru —propio de Escocia, 5.5% de alcohol, de color anaranjado. Lo pruebo. Me detengo. Lo pienso.
Es exactamente igual al refajo. La colombiana con cerveza. El mismo sabor, en botella de importación escocesa.
¡How can you drink that! It's very toxic! —dicen las chicas. Joss lo defiende: It's our topmost British Inka Kola, right Andrés? Me lo dice pensando que, siendo suramericano, estoy familiarizado con la bebida del Perú. Asiento. Lo del refajo colombiano no tendrá explicación esta noche, y la Inka Kola sirve de puente diplomático entre culturas. Hay algo profundamente reconfortante en descubrir que los escoceses, los colombianos y, por lo que noto, los peruanos, llegaron independientemente a la misma conclusión sobre lo que debe saber una bebida anaranjada y amarilla.
A las doce se van todos. Justin y yo nos quedamos en la cocina viendo videos de Ecuador y Colombia. Cómo hemos cambiado. Escuchamos salsa, música tropical del 96 y del 99, y a Shakira, obviamente. Parecemos locos bailando en la cocina de Leeds a las doce de la noche con el viento de Yorkshire afuera.
Pero no lo somos. O sí lo somos, pero del tipo de locos que uno querría ser.
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Martes, 17 de julio, 4:50 PM.
Estoy sentado en una banca en el centro de Leeds, cansado de caminar, luego de haber llenado aplicaciones para un puesto municipal, Burger King, McDonald's, un bar, un restaurante y un hotel de cadena.
Thank you luve, we are going to call you. Cheers, bye, have a nice day.
Luve, anoto en el cuaderno con una estrella al margen. No significa que sea el amor de nadie —y menos con esa pronunciación, la u bien marcada, lUve. Significa my dear. Lo aprendo hoy. Es lo que los ingleses dicen cuando no van a llamarte.
Llevo una semana en esto y la plata vuela. La desesperación tiene esa cualidad específica del inmigrante sin trabajo: no llega de golpe —es una erosión gradual. Cada día un poco más de lo mismo. Cada we'll call you un poco más vacío que el anterior.
El viernes fui a mi primera entrevista real: dos vendedores, Jimmy y Wayne, me llevan en carro junto a Chris —otro aplicante— al pueblo vecino de Harrogate. El paisaje es extraordinario. Las colinas de Yorkshire son todas verdes y llenas de cultivos, como postales de un país que no necesita exagerar nada porque la realidad ya es suficientemente hermosa. El trabajo consiste en vender servicios de gas de puerta en puerta. Una pareja de inmigrantes egipcios nos recibe con café y pastel de chocolate. Jimmy es nigeriano, trabaja duro, y la gente lo trata con mucha consideración. Noto eso. Lo anoto. Aquí el racismo, si existe, tiene la elegancia de no mostrarse.
La segunda entrevista la apruebo. Pagan por comisión, a lo largo se gasta más de lo que se gana. Por eso no lo acepto al final.
Heme aquí. Martes. Sentado en una banca. Centro de Leeds. Cansado.
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Segunda semana en Leeds.
Al llegar a casa el martes 17 descubro un mensaje en el teléfono: nueva entrevista el martes 24, a las cuatro. Josselyn me ayuda a descifrarlo —la chica tenía un acento de Yorkshire tan marcado que sus palabras llegaban a mis oídos como un idioma que comparte el alfabeto con el inglés, pero no exactamente el sonido.
Esa noche fui con Joss, Luigi y Kiri a The White Horse, el pub del vecindario. Hacían un quiz: los clientes toman cuestionarios y por un altavoz dan las preguntas mientras se toma una cerveza. Interesante y muy culto —el tipo de cosa que ocurriría en un club universitario de debate y que aquí sucede naturalmente un miércoles entre pintas.
El fin de semana llegó y Steve decidió irse a España —solo él podía permitírselo ese fin de semana. Andy se quedó: su trabajo era ser escritor y, como tal, era después de mí el que más aprietos económicos tenía en esa casa. Justin también se quedó, pero por otra razón: tenía la boda de un colega del trabajo en York el sábado, y se uniría a Steve ese mismo domingo después de su compromiso. Así que nos quedamos los tres: Josselyn, Andy y yo. El verano es gratis para todos y con eso bastaba.
El sábado hicimos una parrillada. Fuimos a Sainsbury's —una de las cadenas de supermercados más populares de Inglaterra— donde también entregué una aplicación como acomodador de mercancía. Aún no me llaman. Compramos pollo y carne de res. Aquí nadie teme al mal de las vacas locas y casi se ofendieron cuando manifesté mis dudas. What the hell —si ellos la comen yo también.
A las seis —aunque gracias al verano del norte parecía que eran todavía las tres de la tarde— tomamos un taxi hacia un concierto de ópera en un parque a las afueras de la ciudad, donde nos encontramos con Luigi y Kiri. El city council lo paga: gratuito. Los jardines eran en la antigüedad de una gran casa de lords y miladys que cayeron en desgracia y la donaron al municipio. Son más de las siete y el sitio está lleno de gente sentada en el césped sobre mantas. Todos traen comida de la buena: carnes, sándwiches, vinos, champán, fresas del tamaño de limones grandes, pasteles, muffins.
Nosotros trajimos lo nuestro. Chips, en palabras de Kiri la australiana. Crisps, en palabras de los demás británicos. Beers, en palabras de todos, incluyendo las mías. Pasabocas y cervezas en Colombia, bocaditos y bielas en Ecuador, snacks en Estados Unidos. El idioma cambia. La lógica no.
La ópera dura tres horas —desde el Barbero de Sevilla hasta La Traviata. Lo disfruto y pienso en mi papá, quien hubiera gozado ahí especialmente por las cervezas.
A las nueve y media los buses que se dirigían al centro nos esperan. Andy está mareado y en el segundo piso cantamos ópera a viva voz —yo en español. Al final nos aplauden por nuestra magistral interpretación del Funiculì Funiculà a cargo de Andy, Luigi y este servidor.
Rematamos en The Elemental, un bar del centro lleno de jóvenes guapísimos engalanados hasta la coronilla —los mismos banqueros que salen a barear después del trabajo, pero hoy, mucho más desinhibidos. Joss y Andy no me dejan gastar.
—When you get a job you can invite us. —Cheers my mates. Lo haré cuando reciba mi primer sueldo. I promise you.
Justin llegó el domingo con una cara muy similar a la nuestra. Disfrutó mucho la boda y amaneció junto a una lugareña —lo que confirma que las películas románticas británicas sí están basadas en la vida real. Este gringo no cambia.
Ese mismo domingo Justin salió para Manchester, al aeropuerto, a encontrarse con Steve en España. A boys' holidays. Yo me quedé con Joss.
La casa por fin está en silencio. Puedo dormir en el cuarto de Justin.
El lunes debía madrugar a seguir aplicando trabajos. Las aplicaciones son formularios donde te preguntan de todo —desde la orientación sexual, que aún no me atrevo a admitir, hasta ¿qué aspira hacer dentro de dos años?, cuando no tengo claro qué hago en este presente.
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Lunes 23 de julio.
Los muchachos, menos Andy, están en España. La casa está más silenciosa que nunca.
Esa noche del domingo soñé con mi familia como nunca antes. Soñé mucho con mi prima Marisol, mi compinche de travesuras. La consigna era reunirse cada domingo en casa de la abuela Atitis, y mientras los grandes hacían la sobremesa viendo las series de TV dominicales —La casa de las dos palmas, los Hart Investigadores, Don Chinche— y hablaban del glorioso Partido Liberal, Mari y yo nos perdíamos y hacíamos mil y un horrores: saltos acrobáticos en las escaleras, perdernos en el solar que nosotros creíamos bosque, talar los platanales queriendo encontrar el centro de su tronco hasta que se partían en dos —gran error—, poner a pelear los gallos del abuelo, perseguir pollitos, esconder tesoros cuyas coordenadas solo sabíamos descifrar después de releer el capítulo exacto de El secreto del Unicornio de Tintín. Atitis sabía que algo andaba mal y no demoraba en bajar a buscarnos y regañarnos.
Qué domingos esos.
La distancia produce eso: convierte los domingos ordinarios en algo que solo en los sueños se puede recuperar. Uno no sabe que está viviendo algo precioso hasta que ya solo puede verlo dormido, en un cuarto prestado en Leeds.
Joss me convence de tomarme el día libre. Tiene una razón concreta: Luigi contactó a su primo, dueño de un restaurante italiano en el centro. Vamos en su carro nuevo por el campo antes de la cita —la campiña inglesa brilla de manera especial cuando el sol da. Verde infinito, colinas, flores moradas. Antes solo se veían vacas por todas partes; luego de las calamidades —la fiebre aftosa, las vacas locas— se ven muy pocas. La campiña inglesa también guarda sus propias cicatrices invisibles.
La cosa nostra italiana funcionando en Yorkshire cómo funciona en todas partes: alguien conoce a alguien, ese alguien tiene un primo, el primo tiene un negocio, y de pronto hay una oportunidad donde hace un momento no había nada. Será porque tengo pasaporte italiano que otro italiano me dará una mano, habrán pensado. Tengo cita para un puesto.
Aquí debo hacer una pausa y contar algo que no está en el cuaderno.
Antes de salir a Inglaterra regresé a Colombia para despedirme de mis padres y mi familia paterna. Fuimos a visitar a mis tíos de Tuluá —los padres de mis primas Luly, Marisol y Elvira. Ese fin de semana, mi tía Sole me llevó al almacén El Príncipe. Ella siempre pensó que la apariencia y el buen vestir eran la carta de presentación esencial para conseguirlo todo —en especial, un trabajo. Así que me regaló una muda de ropa nueva, elegante, para el primer trabajo en Inglaterra. Todos pensaban que iba a ser algo importante. Ejecutivo, quizás. Algo con corbata y reuniones. Algo proporcional al pasaporte italiano y a la distancia recorrida.
No podíamos saber todavía lo que ese traje iba a ver.
A las cinco de la tarde me presento al restaurante. Muy bien vestido, estrenando esa mi mejor ropa. Perfumado. Dispuesto a causar, como la tía Sole lo esperaba, la mejor impresión.
¡Y vaya que la causé! Ni siquiera me hicieron la entrevista. Llegué y empecé esa misma noche:
—Toma el delantal. Ahí están los trastos. Lávalos y cuidado te quemes.
Desde las épocas del ejército no recuerdo haber lavado tantos platos en mi vida. Las sartenes venían por miles.
Hurry up... We need more pans. Hey Eandreis... —mi nombre en inglés: no Andrés, no Andrew, Eandreis, ¿con ese sonido que ningún colombiano produce naturalmente y que yo aprendería a responder antes de aprender a pronunciarlo— Are you all right? Watch out yourself! This is very hot... watch your hands!! Hurry, hurry, hurry!!!
Conocí a Henrique —con hache, el único latino que conozco en Leeds. De São Paulo, lleva veinte meses acá, llegó como estudiante y ahora trabaja ilegalmente para vivir. Me cuenta en portugués, con esa complicidad específica de los que comparten idioma en tierra ajena, que los ingleses son muy queridos, pero solo por esta época del año. En verano todos sonríen, pero en invierno todos andan malcarados. ¡Incluso yo! Uno está muerto frío. Cero grados. Oscurece a las cuatro de la tarde y amanece a las nueve de la mañana. ¡Legal hermano!
Mi recreo de diez minutos termina. De vuelta al lavaplatos.
Resultado de mi primera jornada laboral en Europa:
Ampollas en los dedos. Grasa hasta en el pelo —sin hablar de otros lados. Un plato roto. Un par de insultos que no necesitaron traducción. Dolor de espalda y piernas. Una caída monumental a causa de la grasa en el piso y de los putos zapatos tan apropiados para la ocasión.
La camisa de El Príncipe de Tuluá, hecha trizas. El pantalón, echado a perder por las manchas de aceite. Los zapatos nuevos: a la basura. La tía Sole jamás se enteró de ello.
Llegué a casa muerto, a la una de la mañana. Caí rendido pensando en los miles de inmigrantes que en peores condiciones tuvieron que hacer lo mismo que yo. Con la diferencia que yo era legal.
Esa diferencia que cabe en una sola palabra y pesa como un mundo entero.
La noche me la pasé en vela —no creía que podría sobrevivir otra jornada así al día siguiente. Tenía mucho miedo de que me cogiera la depresión que tuve en el avión. El miedo llegó de todas formas. Llegó y se quedó un rato, como hacen los miedos cuando saben que uno está solo y cansado y lejos.
Pero el martes me fui lleno de expectativas al hotel. Kathryn me atendió nuevamente. Solo me daba papeles y más papeles y yo como borrego los firmaba sin entender muy bien qué pasaba.
No lo quería creer, pero todo pintaba bien.
El Crowne Plaza. Cuatro estrellas. Staff de Banquetes y Conferencias.
No iba a lavar platos.
O eso pensé.