de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Toda mi vida, hasta que salí de mi país, me habían servido a mí. En Leeds aprendí lo otro, lo de servir: un año entero cargando mesas y bandejas en el Crowne Plaza, obedeciendo, aguantando bodas de doscientos cubiertos hasta las dos de la mañana. Eso era esfuerzo, brazo y piernas, y de ahí me traje la hernia de recuerdo. Pero no era lo difícil. Lo difícil me esperaba en Londres, y no lo vi venir. En el Methodist International Centre, por primera vez en la vida, no me tocaba ni ser servido ni servir. Me tocaba mandar. Y mandar sobre gente que sabía infinitamente más que yo.
El trabajo me había esperado. Empecé una semana tarde, aún con los puntos y las grapas en el cuerpo, y nadie en el Methodist me pidió una explicación que yo no diera primero.
Pensé que iba a ser fácil. Lo pensé porque en mi vida entera no había levantado un plato que no fuera para llevármelo a la boca. En mi casa de Buga estaba Mariela. En la de mis abuelos, en la calle séptima, no había una empleada sino dos, Mery y Aura Rosa, que se sabían esa cocina de memoria, cada gaveta, cada maña del fogón, como yo no me he sabido nunca ninguna casa donde he vivido. En la casa de la nonna, en Cuenca, Elena Coraisaca ponía la mesa cada día con una precisión que yo ni siquiera registraba, porque registrarla habría exigido imaginar el trabajo que costaba, y yo no imaginaba ese trabajo. Ellas servían y a mí me servían.
En la residencia estudiantil, más que un servicio de almuerzos y cenas, se celebraba una misa laica con cubiertos. La taza con el asa a las cuatro en punto, para que el comensal la levante sin torcer la muñeca. La cucharilla paralela al borde del platillo, jamás dentro de la taza. Los cubiertos de afuera hacia adentro, en el orden de unos platos que todavía no han salido de la cocina, de modo que la mano del que come nunca tenga que dudar. La copa de agua sobre la punta del cuchillo grande; el vino blanco a su derecha; el tinto un paso más adentro. Los platos entran por la izquierda del comensal y se retiran por la derecha, y las bebidas van por la derecha, sin una sola excepción en toda la noche. Yo había pasado media vida sentado a mesas montadas exactamente así, en Cuenca y en Buga, en las casas donde el apellido cruzaba la puerta un paso antes que la persona, y nunca había visto nada. El que se sienta a disfrutar el orden no ve el orden. Lo empecé a ver el día en que me tocó sostenerlo con las manos, y me lo enseñó una mujer a la que ese orden, y todos los que se le parecen, no le había regalado en la vida nada de lo que a mí me estaba regalando.
Se llamaba Princess.
Pasaba de los sesenta, había llegado de Nigeria, y servía el té con una autoridad que no necesitaba levantar la voz, porque llevaba décadas sin que nadie se la discutiera. Estaba en el Methodist desde antes de que yo saliera de mi país. El puesto que me habían dado a mí era suyo por conocimiento y por años, y la única razón por la que no lo tenía era la misma por la que lo tenía yo. A Princess nunca nadie le había dicho que tuviera un perfil único.
Los primeros días me miró con una lástima limpia, sin una gota de burla, y con una extrañeza que yo no le podía reprochar, porque yo también me extrañaba de estar ahí. Genoveve, veinte años, de Costa de Marfil, un inglés con música francesa y una manera de cruzar el comedor que hacía que los estudiantes olvidaran qué habían pedido, me miraba distinto: como a una cuenta que no cuadraba. Las dos tenían razón. Ninguna lo dijo en voz alta, porque en esa casa el que hablaba claro era siempre el que menos tenía que perder, y no eran ellas.
Fue Princess la que arregló la situación, y la arregló ella sola, tomando por su cuenta el mando que en el papel era mío. No me enseñó por buena. Me enseñó porque un supervisor inútil le complica el turno a todo el mundo, y ella llevaba demasiados años levantando ese servicio como para verlo caer por culpa de un europeo de pasaporte que apenas hablaba inglés, y el poco que hablaba lo arrastraba con acento del otro lado del mundo. Me corregía en voz baja, sin testigos, para no dejarme en ridículo delante de los estudiantes ni delante de Genoveve. Corría una cucharilla dos centímetros y en ese gesto iba una vida entera de saber. Fui el alumno más torpe que tuvo. También, y esto lo supe el día que me fui y los dos lloramos en la puerta de la cocina, uno de los que más la quiso.
El Methodist era en 2002 una de las residencias de posgrado más cotizadas del centro de Londres, y la razón estaba en el mapa: la London Business School, el University College, la Royal Academy of Music, la RADA, todas a un paseo o a una parada de metro. Los que dormían ahí no eran estudiantes cualesquiera. Eran hijos de familias que podían pagar Londres, con todo lo que eso dice de lo que esperaban del mundo y de lo que el mundo esperaba de ellos.
Ese verano la mayoría se había ido a casa, a pasar las vacaciones con la familia antes de volver a clases en otoño. La residencia, mientras tanto, alquilaba sus salones para congresos y banquetes, y los pocos estudiantes que se quedaban podían trabajar unas horas y ganarse unas libras.
Uno de ellos era Ahmed Al Sairafi. Había llegado de Bahréin con el apellido de una familia que descendía de los primeros pobladores de la isla, de antes del protectorado y del petróleo. En su casa la religión y la tradición no se discutían: eran el aire que se respiraba. Estudiaba finanzas en la LBS con la seriedad del que sabe que en su casa le van a pedir cuentas del regreso, y aprovechaba el verano inglés para respirar lejos de la vigilancia de su propio país. Karina venía de Venezuela, estudiaba psicología en el UCL, y ese verano no quiso volver; cuando le preguntaban por qué, hablaba del clima, pero lo que olía desde lejos era la otra tormenta, la que su país todavía se negaba a nombrar. Panos, griego, pianista de la Royal Academy, intentó quedarse, pero a las dos semanas se largó a sus islas, con el argumento irrebatible de que el verano de Londres no era un verano y el de Grecia sí.
Karina y Ahmed se quedaron porque necesitaban las horas. Trabajar unas tardes en la residencia ayudaba a pagar una ciudad que era cara hasta para los que llegaban con dinero. Así cayeron en hospitalidad, bajo mi mando de mentira, mientras Princess nos enseñaba a los tres a la vez y el organigrama sostenía la ficción de que yo la dirigía a ella. La ficción se les cayó enseguida, y me parece que nos hicimos amigos justamente por eso: porque no fingí delante de ellos una autoridad que no tenía, y a los dos, cada uno por su lado, les hacía falta un lugar donde no hubiera que fingir. Ahmed sumaba las variables con cara de calculadora y llegaba a un total que por educación se guardaba. Karina fue más directa, una tarde, en español, montando copas para una recepción.
—¿Y tú qué estudiaste, Andrés?
—Periodismo.
Levantó una copa contra la luz, revisó que no tuviera marcas de agua, y sin bajarla soltó lo único que había que preguntar.
—¿Y entonces qué haces aquí?
Le di la hernia, el pasaporte, el inglés. Todo cierto, y nada suficiente. Me oyó con la paciencia del que reconoce una respuesta ensayada porque guarda la suya en el mismo cajón, y no insistió. Nos hicimos amigos de a poco, entre bandeja y bandeja. Ahmed me enseñó a fumar shisha en su cuarto una noche de agosto, mostrándome cada paso con el cuidado del que te enseña algo que es suyo. Con Karina, en los descansos, hablábamos español, y hablar español después de un turno entero midiendo cada vocal en inglés era, por un rato, volver a habitar la casa propia.
Con mis amigos de Leeds casi no estaba en contacto, salvo con Gary, en Manchester, y con Frank, que me seguía escribiendo desde Alemania, y con cada carta suya crecía algo que yo ya sabía que era una deuda. Él había sido limpio conmigo desde el primer día en Leeds. Me había llevado a Friburgo, me había sentado a la mesa de sus padres. Yo le debía la única verdad que importaba y se la mandé por carta, porque por carta era como me salían entonces las verdades. Su respuesta me heló. No había rechazo en ella, Frank no tenía de eso ni un gramo. Había una herida distinta: le dolió que yo hubiera pasado casi un año a su lado en el Crowne Plaza, que me hubiera sentado a la mesa de sus padres en Friburgo, y que en todo ese tiempo no le hubiera confiado quién era. Con él entendí lo que después me pareció una ley alemana, o al menos la de mi alemán: cuando uno de ellos te toma por amigo, la honestidad no es un detalle, es la puerta. Nos costó volver. Un día volvimos, sin que ninguno lo anunciara.
Con DM, en cambio, el correo se volvió más frecuente y más fácil. Le habían dado una computadora en su cuarto de Missouri, y esa máquina le daba lo único que la casa de su hermana le negaba: una puerta con pestillo. Me escribía con hambre de detalles y yo se los mandaba casi todos. Casi. Le pedía paciencia. Le decía que faltaba poco, y para entonces ya no sabía si se lo decía a él o me lo repetía a mí.