de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Esa noche no fui a Soho de paso.
Tenía trabajo. Tenía sueldo, o la promesa firmada de uno, que después de cinco noches durmiendo con un pie sobre la maleta viene a ser lo mismo. Podía salir del hostal. Podía buscar dónde vivir sabiendo cuánto iba a entrar cada mes. Y tenía, además, una razón que no me confesaba entera: quería preparar el terreno para DM.
DM no había llamado. Me había pedido que yo no lo llamara a casa de su hermana, en Missouri, porque vivía petrificado con la idea de que ella se enterara de lo nuestro. Yo acataba la regla y no me dejaba pensar en lo que la regla decía: que un hombre aterrado de que su hermana sospechara iba a cruzar un océano para venir a vivir conmigo. Las dos cosas no cabían en la misma cabeza. Así que las guardé en cuartos separados y cerré las dos puertas, que era lo único que yo sabía hacer bien.
Fui a Soho porque necesitaba saber cómo se respira afuera. Aunque fuera una hora. Aunque fuera una pinta. Esta vez no de paso, midiendo ángulos desde la vereda. Esta vez adentro.
El Duke of Wellington a las seis de la tarde de un jueves de junio es un bar que todavía se está despertando. La luz entra oblicua por las ventanas y por ellas se ve pasar a otros como yo, unos con la seguridad de lo que son, otros con la curiosidad de lo que quieren ser. La pinta cuesta una libra a esa hora, que es la hora feliz, y nunca un nombre me pareció menos irónico. Los hombres hablaban bajo, y el volumen iba subiendo a medida que bajaban las pintas, y a nadie le debía nadie una explicación de por qué estaba ahí.
Pedí una Foster’s, la más barata, y me quedé de pie cerca de la barra. Sentarme solo en una mesa me parecía demasiado definitivo. Una declaración de soledad que todavía no estaba dispuesto a firmar.
Entonces escuché el español.
No cualquier español. Un español del Caribe, venezolano, con esa música que tienen las palabras cuando vienen de allá, la ese que se cae al final, la vocal que se estira como si el tiempo fuera una materia elástica y generosa. Alguien hablaba por teléfono a mi lado con la familiaridad del que lleva semanas sin encontrar a nadie con quien hablar en su idioma, y entonces el teléfono se vuelve una ventana a casa.
Me volteé.
Era grande, morena, y tenía, con una exactitud que la naturaleza no suele concederse, un parecido con Hugo Chávez. Con falda. Una observación que habría sido cruel si ella misma no la hubiera hecho primero, con una carcajada que ocupó el bar entero.
—Mírame bien, chamo —me diría después, ya en la segunda pinta—. A mí Papá Dios me hizo con el molde equivocado y después le dio flojera arreglarlo.
Se llamaba Raquel y se parecía a un Raúl enorme. Era lesbiana, y me lo dijo a los cinco minutos, sin preámbulo, con la economía del que decidió hace tiempo no gastar energía en esconderse. Portuguesa de origen, pasaporte europeo en el bolsillo, y cuando Venezuela empezó a mostrar las primeras grietas, cuando el aire del país empezó a oler a lo que iba a oler durante décadas, sacó ese pasaporte y se vino.
Limpiaba un hospital de noche y soñaba con otra cosa de día.
Igual que yo. Sin decirlo todavía, exactamente igual que yo.
Los dos teníamos el mismo pasaporte prestado por un abuelo que se subió a un barco. Los dos habíamos entrado a este país por una puerta que a los diez hombres de la habitación seis les estaba cerrada con llave. Ninguno lo dijo esa noche, pero creo que los dos lo sabíamos, y creo que por eso nos caímos bien tan rápido: no nos reconocimos por maricas ni por latinos. Nos reconocimos por afortunados, que es un club más incómodo y mucho más callado.
En la tercera pinta, con las anécdotas ya cruzadas y la risa suelta, Raquel se puso seria por primera vez en toda la noche.
—Te voy a decir la verdad de una vez, porque a mí la pena me da flojera. Yo estoy pelando, chamo. Tengo un estudio en Kilburn que se me está comiendo el setenta por ciento del sueldo. Llevo dos meses buscando con quién compartirlo y todo el que aparece me da mala espina.
Kilburn. Zona 2, que en Londres es menos una dirección que una declaración de renta. La ciudad está hecha de anillos, y cada anillo que uno se aleja del centro le descuenta libras y le suma minutos. En la zona 1 viven los que pueden pagarla y trabajan los que les sirven. Kilburn era el primer anillo de afuera: caro igual, imposible solo con sueldo de supervisor de banquetes, posible a medias. Barrio irlandés, de pubs que cantaban los sábados.
—Epa, marico, óyeme esta vaina —y ya se le había ido la seriedad—. Yo limpio de noche, de siete a siete. Tú vas a trabajar de día. ¿Tú me estás entendiendo? Esa cama no va a estar ocupada nunca. Es matemática, mi amor. Matemática pura.
Le dije que no tenía con qué pagarle todavía. Que empezaba el lunes y que el primer sueldo caía a fin de mes.
—¿Y? Me pagas a fin de mes.
Así, en cuatro palabras, sin garante, sin depósito, sin nada.
—Ahora, óyeme bien, que esto sí va en serio —y me apuntó con el vaso—. A mí no me metas un macho en esa cama. Ni uno. Eso sí no te lo perdono, ¿oíste?
Y se me quedó mirando con una gravedad que le duró dos segundos exactos.
—Ahora, si es una jeva, la vaina cambia. Ahí sí conversamos.
Me reí con toda la caja del cuerpo. La primera vez que me reía así desde que había llegado a Londres, y la primera vez en meses que me reía de algo que tenía que ver conmigo.
—¿Y por qué yo? —le pregunté después, cuando ya estábamos en la calle.
Se encogió de hombros y se acabó lo que le quedaba en el vaso.
—Porque llevas dos horas hablando conmigo y no me has pedido nada, chamo. En esta ciudad todo el mundo te habla porque quiere algo. Tú lo único que querías era hablar.
No la corregí. Pero la verdad es que yo tampoco le había pedido nada porque todavía no sabía que se podía pedir.
Me mudé el sábado. A Raquel le tocaba ese fin de semana el turno completo, el que le caía una vez al mes y la obligaba a dormir en el hospital de viernes a lunes, así que me entregó la llave el jueves en la puerta del bar, sin conocerme de nada, y se fue a limpiar pisos ajenos durante tres días.
Subí con la maleta. Treinta metros cuadrados. Una cama, una colchoneta enrollada en un rincón, una cocina de dos hornillas, una ventana que daba a otra ventana. En la nevera había medio pollo y una nota que decía, en la letra grande de Raquel: no te comas mi pollo.
Era el sueño británico. Cabía en treinta metros cuadrados y había que repartírselo por turnos con una venezolana que iba a resultar que roncaba.
Me senté en la colchoneta con la maleta abierta a los pies y sin ningún pie encima de ella. Cinco días desde Victoria. Trabajo, dirección y llave.
Nunca he vuelto a estar tan cerca de creer que la vida me iba a salir bien.