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IV. Kilburn

Kilburn no olía a una sola cosa. En una misma cuadra se cruzaban el humo dulce de un curry, la levadura agria de un pub con la puerta abierta a las once de la mañana, el incienso de un locutorio, la grasa de un pollo frito jamaiquino. Era el olor de mucha gente venida de muy lejos que había aprendido a caber en el mismo kilómetro sin preguntarse demasiado por el de al lado.

 

Los irlandeses llevaban más de un siglo ahí. Habían puesto los pubs, las iglesias, los apellidos, y una manera propia de estar tristes en público. Después llegaron los demás: paquistaníes, jamaiquinos, árabes, y los últimos de la fila, los latinoamericanos, entre los que yo era de los más nuevos. En Kilburn a nadie se le ocurría preguntarte de dónde venías, porque la respuesta se sabía de antemano: de algún sitio donde la cosa se había puesto difícil, o peor que difícil.

 

Yo llevaba dos días viviendo ahí. Me había mudado el sábado, con Raquel entrando en su fin de semana de turno completo en el hospital, y el lunes empezaba en el Methodist. Ese domingo era el único día entero, limpio, sin nada encima, que iba a tener antes de estrenar la vida nueva. El único que me pertenecía.

 

Amaneció con ese sol que en Londres se recibe como una disculpa del cielo. Cualquier otro domingo Kilburn habría estado tranquilo. Ese no. Irlanda jugaba contra España los octavos del Mundial, y en Kilburn eso no era un partido, era un asunto de sangre.

 

Desde las diez los pubs estaban llenos. Camisetas verdes, caras pintadas con el trébol, canciones que yo no entendía, pero cuya emoción no hacía falta traducir. España se adelantó con Morientes y la calle contuvo el aire. Irlanda empató sobre la hora, con Robbie Keane, y el apellido estalló al mismo tiempo desde seis puertas distintas, con una fuerza que movió los vidrios. Después los penales. Casillas atajó el que decidió el partido. Y el barrio entrando en esa forma del duelo que tienen los irlandeses, que no es callarse sino llorar a gritos, todos juntos, con la cerveza por delante, porque beber en montón es como se acompañan cuando algo duele.

 

Yo caminaba en medio de eso, ajeno y contento de serlo, invisible por fin en una ciudad donde nadie me buscaba. Y donde nadie, en ese momento, sabía dónde estaba yo. No lo pensé entonces. Lo pienso ahora, cada vez.

 

Iba por Kilburn High Road cuando pasó.

 

Llegó como una patada de adentro hacia afuera. De golpe y sin aviso. Primero una descarga desde la ingle que me cortó el aliento en seco, antes de entender nada. Después una mano que me atravesó las entrañas desgarrando todo a su paso, agarrando no sé si los intestinos, no sé si los huevos, cerrándose en un puño y retorciendo hacia el lado que no es. No lo digo como se dice una comparación: lo sentí así, una mano, un puño, fuerza, girando algo que no está hecho para girar. El dolor llenó todo el espacio que había dentro de mí y siguió empujando para hacerse más. Empujó afuera el pensamiento. Empujó el miedo. Empujó al hombre que tenía trabajo el lunes, y al que había cruzado un océano, y al que un minuto antes caminaba contento por una calle de Kilburn. No quedó nada de eso. Quedó el dolor y quedó el cuerpo que lo tenía, y por un rato los dos fueron la única cosa que existía en el mundo.

 

Me doblé sobre la vereda con la boca abierta, sudando frío, tratando de musitar algo que no llegó a salir. Después me caí. Me llevé la mano, mi propia mano esta vez, y tocarme lo dobló, lo triplicó, lo llevó a un lugar donde el dolor ya no tiene número. Quise gritar y no salió un grito: salió un sonido bajo y largo que no reconocí como mío, un quejido mudo. Quise respirar y el aire venía en pedazos que no alcanzaban. La mejilla contra el cemento de Kilburn, frío, mojado, con olor a cerveza vieja y a lluvia de otros días, y contra ese suelo las lágrimas de un llanto sin llanto y el sudor frío de un cuerpo que dejó de ser mío.

 

Y la gente pasaba.

 

Me rodeaban. Me esquivaban. Seguían de largo. A uno lo oí, con esa nitidez espantosa que deja el dolor cuando lo apaga todo menos el oído, decirle al que iba con él: bloody Irish, he’s smashed. Fucking drunks, the lot of ’em. Un borracho más, tirado un domingo de Mundial. El barrio me había puesto un disfraz que yo no pedí, y el disfraz decía que esto no merecía que nadie se detuviera.

 

No sé cuánto tiempo. En ese suelo no hay reloj. El tiempo se había ido con todo lo demás, con mi nombre, con el lunes, con la idea de que yo fuera alguien.

 

Entonces alguien se arrodilló.

 

Veinte años, quizá veintiuno. Los ojos muy claros. Otras manos sobre mi cuerpo, pero estas sabían lo que hacían. Me miró con la concentración exacta del que fue entrenado para esto, sin susto, sin teatro, con la calma del que aprendió que en una urgencia el susto es un lujo que le cuesta la vida a otro. Me habló y no le entendí. Me abrió la mano que yo tenía cerrada sobre el vientre, me palpó, apretó una vez en un punto y el mundo se puso blanco, y ahí, en ese punto, supo lo que era.

 

Y me dijo dos palabras que le devolvieron un borde al mundo.

 

Hernia. Strangulated.

 

Y me fui.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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