de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Estoy solo en el vuelo. Nadie a quien contarle lo que veo por la ventanilla, nadie que me interrumpa, nadie cuya presencia me obligue a guardar el cuaderno. Así que escribo. Me he vuelto eso: alguien que cuando no tiene con quién hablar, escribe. Es posible que siempre lo haya sido y no lo supiera.
Luego de dos horas de vuelo, Caracas aparece abajo como una promesa geográfica que no termina de cumplirse. Lo primero que sorprende es la contradicción: árboles y edificios en una misma respiración, la selva empujando contra el concreto o el concreto empujando contra la selva, sin que ninguno de los dos haya ganado todavía. Es una ciudad que se ve viva desde arriba, que se ve terca. Aunque - corrijo en el cuaderno, porque la precisión importa incluso en la bitácora de un viaje - no es propiamente Caracas lo que veo. El aeropuerto es Maiquetía, ciudad vecina y al mismo tiempo apéndice inevitable de la capital, como esos barrios que un día fueron periféricos y terminaron siendo el corazón de algo. Se extiende por kilómetros de costa, apretada entre el mar y las montañas, sin espacio para vacilar.
El Aeropuerto Simón Bolívar a primera vista parece moderno. Lo que sí es, con certeza, es grande. Pero la primera vista engaña. Todo es cemento - afuera, adentro, en los pasillos, en los techos, en la atmósfera misma del lugar - un cemento sin disculpa ni ornamento, gris sobre gris, como si alguien hubiera comenzado a arreglarlo hace años y hubiera dejado la obra a medias para siempre. No hay aire acondicionado. El calor es una presencia física, compacta, que se sienta a tu lado sin pedirte permiso. Me aso dentro de mis propias ropas y pienso, con una lealtad que me sorprende, que el Dorado era mejor. Que Bogotá, en estas cosas, gana.
Pero entonces están ellos.
Me siento dentro de una telenovela venezolana - y lo digo sin ironía, o con apenas la ironía suficiente para que suene a elogio -. El acento característico llena el espacio como música de fondo que de pronto se vuelve protagonista. Y vaya si son actores y actrices los que lo hablan: hay gente muy linda en Venezuela, una belleza que no parece accidental ni casual sino casi programática, como si existiera un acuerdo tácito entre los pómulos y la luz del Caribe. Camino entre ellos con mi cuaderno bajo el brazo y me siento extranjero de la manera más estimulante posible - el extranjero que mira y no entiende del todo y por eso lo ve todo.
La huelga de Alitalia me alcanza como alcanzan siempre las malas noticias en los aeropuertos: en un tablero, en letras que no gritan pero tampoco se disculpan. Mi vuelo de Milán a Londres, retrasado. Busco una tarjeta telefónica - esos objetos que en 2001 todavía son un salvavidas y no un anacronismo - y llamo a Juancho al celular para que le avise a Justin: me quedo doce horas en Milán. Doce horas que no pedí y que tendré que habitar.
Intento llamar a Diego. La llamada no entra.
Otra vez esa sensación: la soledad del viaje cuando el viaje se complica. No la soledad contemplativa del que escribe en el vuelo, sino la otra, la que aparece cuando quieres una voz específica y el mundo de las señales y los cables y las torres no te la da. Cuelgo. Guardo la tarjeta. Afuera el calor de Maiquetía sigue siendo el mismo y la gente linda de Venezuela sigue pasando y el cemento sigue siendo cemento.
Y ya. Nada.