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V. Tratamiento

Desperté el lunes con un cuerpo que ya no era el mismo.

 

Lo primero que hice, antes de abrir bien los ojos, fue bajar la mano a comprobar que estaba desnudo debajo de la sábana. Estaba desnudo. Una gasa áspera pegada a la ingle izquierda y, debajo, puntos. Alrededor del ombligo, unas grapas de metal que al rozarlas con la yema mandaban un aviso hasta la raíz de los dientes. Alguien me había quitado la ropa, me había rasurado, me había abierto y me había cerrado, y yo no estuve ahí para verlo. Toda la vida uno cree que el cuerpo es lo único que nunca lo deja solo, y hay una mañana en que despierta sabiendo que se lo prestaron a extraños un día entero y se lo devolvieron con reformas que nadie le consultó. La última vez que unas manos hicieron con mi cuerpo lo que quisieron mientras yo no podía impedirlo, yo tenía diecisiete años y había un patio de armas alrededor.

 

El cuerpo no distingue entre unas manos y otras. Lleva su propia contabilidad, en la que yo no firmo desde hace años.

 

Me tomó los cinco días entenderlo del todo: esta vez me habían abierto para arreglarme algo.

 

Tuve suerte, y la suerte tenía la cara de un muchacho de unos veinte años que estudiaba medicina. Se agachó junto a mí en Kilburn High Road cuando nadie más lo había hecho. Supo con las manos lo que yo tenía adentro antes de que ninguno de los dos dijera una palabra que el otro entendiera. Llamó a la ambulancia. Se quedó. De su cara me queda poco, tres segundos vistos desde el suelo, la luz detrás volviéndolo un contorno más que un rostro. No he vuelto a encontrarlo. Sé que no lo voy a encontrar. Sé también, con la misma certeza, que le debo lo que vino después.

 

Cinco días. Cuando el cuerpo no se puede mover, los ojos se aprenden de memoria lo poco que alcanzan sin girar la cabeza. La grieta que salía del cerco de la lámpara y se apagaba antes de llegar a la pared, como si a mitad de camino hubiera cambiado de opinión. La bolsa de suero, que se vaciaba tan despacio que nunca la vi bajar y sin embargo cada mañana estaba más abajo. La cortina de rieles a mi izquierda, que separaba mi cama de otra que nunca vi ocupada. Y la ventana, demasiado alta para mostrarme la calle, que solo me daba el color del día: gris al despertar, gris al dormirme, y en el medio unas horas de un blanco lavado que en Londres pasa por sol. Un carrito pasaba por el corredor a la misma hora todas las noches, y antes de verlo ya lo oía venir, igual que aprendí a distinguir, solo por el ritmo de los pasos, cuál de las dos enfermeras entraba. Uno cree que en un idioma ajeno se queda sordo. No es cierto. El oído se pone a trabajar por su cuenta, y aprende lo que la lengua todavía no entiende.

 

Lo primero que pensé, antes de que el dolor terminara de instalarse en su sitio, fue la cuenta.

 

La hice completa, ahí tirado: la ambulancia, el quirófano, la anestesia, las cinco noches, las medicinas. Convertí libras a pesos colombianos, porque esa era la aritmética que me salía sola, la de cuando tenía quince años y contaba la plata de mi casa; Ecuador llevaba ya dos años con el dólar, y a mí la cabeza se me había quedado atrás, calculando en una moneda que ya no era la mía tampoco. Iba por la mitad del total cuando me acordé de que no había total que sacar. Y aun sabiendo eso, terminé la cuenta igual, suponiendo que, de haber hecho falta, mis padres la habrían pagado. Todavía en junio de 2002 eso se podía suponer sin que doliera.

 

La enfermera levantó los ojos de la carpeta antes de que yo llegara a decir un número.

 

—Oh, don't be silly. It's all covered by the NHS. This is the UK.

 

Lo dijo con el mismo fastidio cariñoso con que se le habla a un niño que pregunta si el sol se va a apagar.

 

Todo pagado por gente que no me había visto nunca. Millones de ingleses que llevaban la vida entera aportando al sistema de salud a través de sus impuestos, sin sospechar que un pedazo de esa plata iba a coser un día a un colombiano que llevaba once meses en el país y dos semanas en esta ciudad. A mí no me cobraron nada. A mí no me iban a cobrar nunca.

 

Pensé en DM, a quien no tenía cómo avisarle. El teléfono seguía cargando solo en la mesa del estudio, y me agarré de ese dato como quien se agarra de un pasamanos. No podía llamar. No estaba en mis manos. Durante dos días enteros esa imposibilidad me sirvió de consuelo, y solo al tercer día caí en la cuenta de que la estaba usando como coartada, porque aunque hubiera tenido el aparato encima no habría podido marcar: él me había pedido que jamás lo llamara a la casa de su hermana. El teléfono era mi excusa sabiendo que la prohibición era la verdad.

 

Ahí, en esa cama, se me apareció una pregunta que llevaba meses esquivando. Yo estaba en Londres por él. Había cruzado un océano por él, había conseguido trabajo por él, había buscado una dirección por él, y sin embargo lo que sentía cuando pensaba en su llegada no se parecía a las ganas. Se parecía a una obligación. Al deber de sostener algo que ya estaba prometido. Uno reconoce el deseo porque tira hacia adelante; esto empujaba desde atrás, como un compromiso firmado en otra época por un hombre que no era exactamente yo. Y me pregunté, por primera vez, si de verdad estaba en esta ciudad por él o si él había sido la excusa que necesitaba para irme de la otra.

 

No pude sostener la pregunta mucho rato. La aparté con el argumento de siempre, que la distancia cansa, que cuando estuviera aquí todo volvería a su lugar.

 

Y entonces vino lo otro, que dolió más y de un modo distinto.

 

Cuando me dieran de alta ya no iba a tener sentido contárselo. No por rencor. Porque ya habría pasado. Uno cuenta las cosas mientras están ocurriendo; después la noticia se enfría, y contarla se vuelve llegar con el paraguas cuando ya escampó. Iba a salir de ahí caminando, con los puntos tirando y las grapas puestas, y la conversación sería: estuve cinco días en un hospital y ya salí. ¿Y para qué? ¿Para que se preocupara por algo terminado?

 

Y de ahí llegué a lo peor. En esa cama caí en algo que nunca me había puesto a pensar: a mis padres y a mi hermano jamás les había dicho que tenía una hernia. Meses cargando mesas en Leeds con eso adentro, meses de médico y de lista de espera, y nunca lo mencioné en ninguna de esas llamadas de domingo en que uno cuenta la vida por encima. No lo callé a propósito; es que en mi casa nunca aprendí a poner el cuerpo en una conversación, porque el cuerpo era de lo que no se hablaba, y el mío, desde hacía años, era además de lo que más valía la pena callar. Si nunca les conté que tenía la hernia, qué sentido tenía contarle a nadie que la hernia casi me mata.

 

Me quedé mirando esa blancura de hospital que es igual en todo el mundo, la de las paredes, la de las sábanas, la de la luz, una blancura que no descansa la vista sino que la deja sin dónde posarse, y entendí que había construido una vida entera en la que no existía una sola persona a la que le tocara enterarse.

 

Y pensar en DM, sin que yo fuera a buscarlo, me devolvió a un año que llevaba tiempo sin tocar: Cuenca, 1997.

 

DM y yo ya habíamos empezado a salir juntos, a escondidas de todo el mundo, cuando pasó lo del bar Abanicos. Nunca nos llamamos novios. Ni siquiera a solas, con la puerta cerrada y nadie que pudiera oírnos, nos dijimos esa palabra. No estaba disponible para nosotros. Uno cree que el clóset es un asunto de puertas y de gente afuera, y resulta que se te mete en el vocabulario y te va quitando los sustantivos hasta que ya no puedes nombrar en voz alta lo que estás viviendo, ni siquiera con el otro que lo vive contigo.

 

Yo tenía veintitrés años. Entró la policía a ese local donde se celebraba la elección de una reina y se llevó a decenas de hombres, y en los calabozos les hicieron cosas que los diarios contaron con el detalle justo para que el lector se escandalizara durante el desayuno y volviera a su vida. No eran extraños en un periódico. Conocíamos a algunos. Teníamos algún conocido en común con más de uno de los que salieron nombrados en la prensa, señalados, echados del trabajo y, a algunos, de su propia casa por su propia familia.

 

Y lo que hicimos DM y yo, con esa gente que conocíamos, fue alejarnos.

 

No hubo un gesto ni una fecha que se pueda señalar. Simplemente dejamos de llamar, dejamos de aparecer donde ellos aparecían, por el miedo más barato que existe: el de que alguien nos pusiera en la misma frase que a ellos. Y hubo algo peor, que tardé años en poder admitirme: sentí alivio. El alivio sucio de que les hubiera tocado a ellos y no a nosotros, de estar del lado del periódico donde se lee la desgracia en vez del lado donde se la padece. Lo escribo ahora, con la vergüenza intacta veintinueve años después: abandonamos a gente conocida en el peor momento de su vida para que el escándalo no nos rozara.

 

Ese mismo año, por esos hombres a los que dimos la espalda, Ecuador dejó de considerarme un delincuente. Y en la misma sentencia que me devolvía el derecho a existir, el tribunal escribió que aquella conducta anormal debía someterse a tratamiento médico. Me absolvía y me diagnosticaba en el mismo renglón.

 

No era la primera vez que esa palabra caía sobre mi cuerpo con la firma de una institución. Ya la había oído antes, con un fusil de por medio. Y yo mismo me la había recetado una vez, de rodillas, en un cuarto de Cuenca, mucho antes de que un tribunal entero hiciera lo mismo por escrito. Tratamiento. La misma receta, firmada tres veces por manos que nunca se conocieron entre sí.

 

Y ahí estaba yo, casi cinco años después de esa sentencia, en una cama al norte de Londres, recibiendo por primera vez en la vida un tratamiento médico de verdad. Uno que no me diagnosticaba a mí. Que diagnosticaba una hernia, la abría, acomodaba lo que se había salido de su sitio, cerraba y no opinaba sobre lo demás.

 

Durante días esperé que en algún momento un médico entrara y me dijera, entre los puntos y las grapas, que además de la hernia había algo más que corregir. No entró nadie a decir eso, y me costó creerlo.

 

La piel, en cambio, sí opinó. Al tercer día me ardían los codos y el nacimiento del pelo, las placas rojas otra vez, encendidas como no se encendían desde Cuenca. Ningún médico se las miró. Andaban ocupados con lo que se puede coser.

 

No sentí orgullo ahí acostado. Sentí vergüenza. Estaba cobrando gratis un cuidado que les pertenecía antes que a mí a los hombres de Abanicos, a los que conocíamos y dejamos de llamar, a los que pagaron con el cuerpo mientras yo, a salvo en otra ciudad, aprendía a no parecerme a ellos.

 

Deudas que no se saldan con dinero.

 

Volví al estudio con los puntos tirando en cada escalón. Raquel fumaba junto a la ventana, con la bata del hospital todavía puesta, recién bajada del turno de noche. Tres colillas en el cenicero del alféizar. La luz de junio entraba de costado, cansada, como si le hubiera costado llegar hasta ahí.

 

Me miró de arriba abajo. Dio una calada. Botó el humo hacia la calle.

 

—Chamo. Yo pensé que te habían agarrado y te habían deportado. —Otra calada, más corta—. Ahí te dejé la maleta, intacta, por si alguien la venía a buscar.

 

Apagó el cigarrillo contra el borde de la ventana y entró a poner agua para el café.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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