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El pasaporte de Erminia

Son las diez de la mañana en Italia y las tres de la madrugada en Suramérica, y mi cuerpo no sabe exactamente cuál de los dos relojes le pertenece.

Estoy parado frente al Duomo de Milán con náuseas de jetlag y un pasaporte italiano en el bolsillo, y lo único que puedo pensar es esto: ella nunca volvió.

 

Erminia Cavanna nació en 1917 en Pra' —no en Génova centro, sino en Pra', el barrio del ponente genovés que en ese entonces era todavía un municipio autónomo, un balneario de familias obreras y pescadores con playa propia y villas patricias del siglo XVII mirando al Mediterráneo. Pra' se extiende entre Pegli y Voltri siguiendo la Riviera di Ponente, esa lengua de costa que va cediendo hacia el poniente en dirección a Varigotti, a Varazze, a Sanremo, hasta tocar la frontera francesa— donde el mar tiene ese color específico que los genoveses consideran normal y el resto del mundo considera un destino mítico. En 1926, el régimen fascista incorporó Pra' a la Gran Génova por decreto, sin que nadie en el barrio hubiera pedido opinión. Era la clase de decisión que los regímenes toman sobre los lugares pequeños.

Su padre, Giovanni Cavanna —el nonno Pin, como lo llamaban en el dialecto genovés, a tono con esa costumbre italiana de convertir los nombres en diminutivos afectuosos— era obrero calificado en los astilleros de Gio. Ansaldo & C., la empresa siderúrgica más importante de Italia. Bajo la dirección de la familia Perrone, Ansaldo había crecido hasta convertirse en el corazón industrial de la nación: en 1914 valía treinta millones de liras; en 1918, quinientos millones. La empresa financió directamente los movimientos políticos que abogaban por la entrada de Italia en la guerra —incluyendo el protofascismo de un tal Benito Mussolini— porque la guerra era su mejor negocio. El nonno Pin llegaba a casa con las manos negras de aceite y repetía, con la convicción de quien ha visto funcionar un sistema con sus propios ojos, que Mussolini había hecho lo imposible: que los trenes llegaran a tiempo. En Pra' nadie sabía todavía lo que eso costaría. Que el mismo hombre que hizo llegar a tiempo los trenes mandaría a los judíos italianos en esos mismos trenes hacia los campos de exterminio —eso era información del futuro, y el futuro siempre llega demasiado tarde para ser útil.

Su madre, Teresa Pesce —la bisnonna Teresa— administraba el hogar con la precisión de un general de campaña. Habían tenido cinco hijos. Giglio, el único varón, murió joven. Quedaron cuatro hijas: Doménica la mayor, Caterina, María y Erminia, que había llegado al mundo el mismo año en que un pastor de ovejas llamado Carlos Tosi se embarcaba en este mismo puerto hacia lo que él creía que era Nueva York.

Carlos Tosi merece su párrafo. Sin él, esta historia no existe.

Huyendo del reclutamiento militar en 1917, Tosi llegó al puerto de Génova con lo que tenía —que no era mucho— y se embarcó en el primer buque que lo sacara de Italia. El coyote de entonces, con la eficiencia moral de todos los coyotes de todos los tiempos, le aseguró que el barco iba a América. ¿A qué parte de América? A Guayaquil. Ecuador. Suramérica. Tosi no sabía exactamente dónde quedaba eso, pero el coyote tenía una respuesta preparada para esa pregunta: al sur de Nueva York, pero ya estarás en América. Tosi pagó lo que había que pagar y se embarcó.

A mitad del Atlántico, cuando el barco anunció que debería cruzar un canal llamado de Panamá, los otros italianos del buque —siguiendo el buen estereotipo de que siempre conocen a alguien que es amigo del primo del compadre de alguien, ya saben, lo que se llama la cosa nostra— lo contactaron por telégrafo con la comunidad italiana que ya estaba en Ecuador. En Guayaquil, Tosi se instaló. Luego se trasladó a Ambato. Luego a Cuenca, donde fundó una casa textilera y alcanzó, con el tiempo y el trabajo específico de quien no tiene red de seguridad, algo que en los Andes se llama con exacta justicia el sueño ecuatoriano.

Doménica, la hermana mayor de Erminia, se casó en Génova con Mario de Pratti, cuyo tío era ese mismo Carlos Tosi, y quien necesitaba gente de su confianza para expandir su negocio, ya no solo en Cuenca sino en Guayaquil. Así llegó Doménica al Ecuador, ayudando a Mario en la incipiente compañía textil que nacía de los aprendizajes en la Casa Tosi de Cuenca. Así levantó, junto a su marido y al amparo de la red italiana que ya existía entre las dos ciudades, algo que con los años se convertiría en un apellido con peso en el comercio de la región.

En 1936, el mundo contenía el aliento.

Doménica regresó a Génova a visitar a la bisnonna Teresa. Llevaba consigo a tres hijos y la fatiga de quien construye desde cero sin descanso. Teresa —que tenía esa claridad de las matriarcas italianas que ven lo que hay que hacer antes de que nadie lo haya formulado— dictó la sentencia con la naturalidad de quien enuncia algo obvio: "Vai, Erminia", fue la orden. Doménica no podía sola. Necesitaba a su hermana.

Erminia tenía dieciséis años.

 

Hay miles de turistas frente al Duomo esta mañana de julio, di tutti il mondo, y el calor es pesado y húmedo con esa humedad del norte de Italia que no es el frío seco de los Andes sino algo más insistente, más pegajoso. Entro a la catedral como entro a todas las catedrales: con la costumbre heredada y los tres deseos de siempre, los mismos que pido desde que tengo memoria, solo que esta vez los necesito con más ahínco que nunca. De ahí al Teatro alla Scala, que está cerrado para visitas pero cuya fachada tiene esa austeridad neoclásica que guarda adentro todo el exceso de la ópera. Pienso en mi papá. A él le encantaría estar aquí algún día, entrar ahí, escuchar lo que ese teatro ha escuchado. A mí también.

Pienso en ella.

 

El viaje de Erminia comenzó a ciento ochenta y cuatro kilómetros de donde yo estoy parado ahora, ochenta y cuatro años antes de que yo aterrizara en Malpensa con el jetlag encima y su apellido en el pasaporte. El viaje en vapor fue un prólogo del caos. Mientras el barco recalaba en Barcelona, el "runrún" de la Guerra Civil Española se filtraba por las cubiertas. Los pasajeros hablaban en susurros de los movimientos de tropas, de los ecos de algo más grande que se estaba formando en Europa con la lentitud inevitable de los desastres históricos. Lo que iba a ser una estancia temporal —ayudar a Doménica, regresar— se fue convirtiendo, con la misma lentitud, en un exilio definitivo. Los puertos se cerraron. El mundo que Erminia conocía empezó a destruirse bajo las bombas. El destino de una chica de dieciséis años de Pra' quedó sellado para siempre en el trópico ecuatorial.

Llegar al Guayaquil de los años 30 fue, para Erminia, como aterrizar en otro planeta. Frente a la arquitectura sobria y fría de Génova, se alzaba una ciudad de madera, calor húmedo y una paleta de colores vibrantes.

El primer choque fue humano. En la casa donde se instalaron, conoció a Marina. Era la primera vez que Erminia veía a una mujer de raza negra. Me contaba en 1999, con los ojos todavía encendidos por el recuerdo, cómo quedó encandilada por la profundidad de ese color de piel. Le parecía una belleza de ébano, una perfección estética que no existía en los museos de Italia. Sin embargo, ese deslumbramiento inicial pronto se topó con las barreras invisibles de la sociedad guayaquileña de la época: la joven italiana, acostumbrada a la franqueza de Liguria, tuvo que aprender —con sorpresa y cierta amargura— que en el trópico la confianza se mide con otros baremos.

Esa incomodidad —la de los que la rodeaban, la confusión de ella, el aprendizaje lento de un código que nunca había pedido— la acompañaría con el tiempo. No soy el primero de esta familia en tener que desaprender lo que el mundo nos enseñó sobre la piel de los demás. Ni seré el último.

En Guayaquil, Erminia era el apoyo sin nombre, pero visible para sus sobrinos y su hermana en la crianza de los tres hijos de Doménica y en el germen del pequeño imperio comercial que la familia estaba construyendo, mientras en Europa el mundo que ella había dejado se desmoronaba sin pedirle permiso.

Si Guayaquil fue un choque con los colores, Cuenca fue contra una muralla.

El vínculo entre la comunidad italiana de Guayaquil y la de Cuenca era constante —pero solo entre ellos, los italianos, esa red invisible de compadres y primos y conocidos que los emigrantes construyen en tierra ajena con la misma energía con que construyen sus negocios. Fue en uno de esos viajes, en un paseo a la parroquia de Paute, en Cuenca, organizado por los Tosi y el amigo de la familia Luis Tonon, donde ocurrió el accidente. Un hombre se cayó de la moto. Llamaron al Dr. Humberto Cazorla Palacios, el médico que también estaba en la zona.

Y ahí estaba también Erminia.

Pasó lo que pasa cuando dos personas que no deberían encontrarse se encuentran en el momento exacto. En 1950 se casaron en Guayaquil y se radicaron en Cuenca. Para la sociedad provinciana del Austro ecuatoriano, el escándalo tenía dos capas: una mujer que se casaba a los treinta y un años —causa perdida, susurraban las familias tradicionales— y que lo hacía con el mejor partido disponible, el Dr. Cazorla, ginecólogo-obstetra de manos prodigiosas, docente universitario, el caballero cuencano más codiciado de su generación. Que ese hombre eligiera a una extranjera altiva, de belleza imponente y porte del norte de Italia, encendió las envidias con la eficiencia específica de las ciudades pequeñas donde nada se olvida ni se perdona del todo.

La Cuenca de los años cincuenta era un convento de piedra: calles empedradas, iglesias en cada esquina, una vigilancia moral que pesaba como el aire de las alturas andinas — ese aire escaso que al recién llegado le cuesta respirar y al que, con los años, uno termina llamando normalidad. Las mujeres salían cubiertas, casi mimetizadas con las paredes de adobe. Erminia llegó a dos mil setecientos metros de altura con su elegancia genovesa intacta y la piel sufriendo el aire seco de los Andes que parte los labios con la indiferencia de quien no conoce excepciones.

El frío de los Andes no perdonaba. Los labios de Erminia, acostumbrados a la humedad del Mediterráneo, se partían por la sequedad de la altura. Un día, siguiendo su instinto lingüístico, bajó a la botica local. — Signore... burro di cacao? —pidió ella con su altivez natural. El boticario, un hombre cuya cosmogonía no se extendía más allá de las montañas del Cajas, palideció. — ¿Perdón, señora? ¿Cómo me ha dicho? ¿Burro? — Sì, signore... burro! Di cacao! —insistió ella, impaciente. — ¡Cagado! ¡Sálgase de aquí inmediatamente! —gritó el hombre, indignado—. ¡Faltaba más que esta gringa no sepa hablar español excepto cuando quiere insultarme!

Para Erminia, el hombre era un ignorante. Para el boticario, ella era una extranjera soberbia que venía a insultarlo en su propia tierra. Era la metáfora perfecta de su vida en Cuenca: hablaba un lenguaje que nadie quería entender, y nadie hablaba el suyo.

No encajaba en las procesiones ni en los chismes de costurero. Así que invadió el único territorio donde podía ganar sin que nadie pudiera negárselo: la mesa.

En una ciudad que celebraba el hornado de cerdo, el cuy asado, los locros de papa, los aguados de gallina y el mote sucio, Erminia impuso la sofisticación genovesa con la serenidad de quien no necesita aprobación para saber que tiene razón. Cada cumpleaños del Dr. Cazorla era un campo de batalla culinario. Las cuñadas esperaban sopas de granos y carnes pesadas. Erminia servía tortellini in brodo —pasta hecha a mano, transparente y delicada, rellena de res y cerdo— y lasagna con una salsa de tomate cuya receta era secreto de estado. Y como golpe de gracia, invariablemente, la torta di fuoco: el baked alaska —omelette norvégienne en los recetarios italianos de la época— que llegaba a la mesa envuelto en llamas y al partirse revelaba un corazón de helado de vainilla intacto. La tía Anita y las cuñadas se persignaban. ¿Cómo era posible que una torta ardiera por fuera y adentro hubiera hielo?

El secreto era simple: bizcocho humectado con brandy generoso, helado cubierto con merengue aislante, fuego encendido justo antes de entrar al comedor. Pura física italiana disfrazada de magia negra. Erminia lo sabía y no lo explicaba. Que pensaran lo que quisieran.

Recordaba siempre a La Puppa —su amiga de la adolescencia, con quien a los quince años se escapaba a esquiar en los Apeninos ligures, ese tramo de montaña que empieza apenas el mar termina y donde en invierno la nieve llega limpia y generosa. Recorrían juntas Le Cinque Terre sin chaperones —Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola, Riomaggiore, esos cinco pueblos colgados entre el mar y la roca que los ingleses románticos habían descubierto décadas antes y que las chicas de Pra' simplemente conocían como el camino de la costa. Acampaban en La Spezia. Tomaban el tren hasta Génova centro y volvían tarde. Esa libertad de movimiento, esa presencia en el espacio público sin dar explicaciones era en la Liguria de los años treinta algo que las jóvenes de cierta clase podían ejercer con naturalidad. Era su patria verdadera. No un lugar. Una forma de estar en el mundo.

En Cuenca, donde las mujeres necesitaban permiso hasta para pensar, Erminia mantuvo su altivez como un escudo. Detestaba lo provincial de su realidad. Amaba a Humberto con esa clase de amor que se construye sobre la diferencia y la elección deliberada, no sobre la costumbre. Tuvieron cinco hijos. Una de ellos es mi madre. En ese equilibrio precario, en ese valle andino surcado por cuatro ríos, construyó su hogar con la misma obstinación con que el nonno Pin operaba la maquinaria pesada de Ansaldo: sin rendirse, sin explicar demasiado.

 

De regreso en el bus hacia Malpensa, con el Duomo ya guardado en algún lugar del pecho donde guardo las cosas que no se repiten, me siento junto a una pareja de bogotanos adinerados cuyo vuelo de conexión a Roma también se atrasó por la huelga. Conversamos toda la tarde con esa facilidad que tienen los latinoamericanos para volverse conocidos en dos horas cuando el contexto lo propicia.

 

También descienden de italianos, me dicen. Me invitan un café —carísimo, todo en Milán es carísimo— y me invitan a Bogotá algún día.

Ojalá vuelva, escribo en el cuaderno.

Aunque lo que realmente pienso mientras lo escribo es otra cosa: que esta mañana crucé la migración de Malpensa con el pasaporte de Erminia, que los europeos hacen una cola aparte y yo me incorporé a ella sin que nadie me lo impidiera, que es bueno pertenecer al exclusivo club Europa aunque la membresía te llegue por herencia y no por mérito.

Latinoamericano de cuerpo. Europeo de papel.

Ella fue al revés: europea de cuerpo, latinoamericana por destino. Los puertos que se cerraron en 1939 no le dieron otra opción. Yo tuve todas las opciones del mundo y elegí salir. Ella no eligió nada —o eligió dentro de los márgenes estrechos que el mundo le dejó— y sin embargo construyó en ese valle andino, con su pasta y su Campari y su altivez intacta, algo que duró décadas y que al final me dio el instrumento para hacer lo que ella no pudo.

Cuando me dio toda la información y los contactos para tramitar mi propio pasaporte italiano —proceso que tomó de 1997 a 1999, con esa burocracia italiana que exige paciencia de un antropólogo — ella no me dijo que debía irme. Nunca lo dijo con esas palabras. Pero me lo hizo entender con cada anécdota que me contaba, con cada recuerdo de La Puppa y Le Cinque Terre y el esquí y la libertad de Liguria, con esa manera suya de apretarme la mano cuando quería decirme algo importante —sus manos llenas de lunares de la edad— y mirarme con esos ojos color avellana verdoso que sabían exactamente lo que estaban diciendo, aunque la boca dijera otra cosa.

Cuenca aún era demasiado pequeña para aceptarme, igual que lo había sido para ella. Por razones distintas, con consecuencias distintas, pero con la misma raíz: la sensación de que el mundo es demasiado grande para quedarse encerrado en un valle paradisiaco andino cuyo mundo termina en el puente del Descanso esperando que el valle cambie de opinión sobre ti.

El bus llega a Malpensa. Recojo mi maleta. Entro a los filtros de transbordo. En migración, el funcionario mira el pasaporte, me mira a mí, vuelve a mirar el pasaporte.

—Italiano? —Yes, sir. —Ma tu no parla l'italiano... —No, I don't. But I will learn it. I promise you.

El funcionario me deja pasar con una expresión entre la incredulidad y la resignación de quien ha visto demasiadas anomalías del mundo para sorprenderse de esta en particular. Guardo el pasaporte en el bolsillo y pienso que tengo una deuda nueva: aprender el idioma que está escrito en mi documento antes de que alguien vuelva a preguntarme.

Last call for the British Airways flight with destination London...

Uy. El inglés de nuevo.

Ya voy, Erminia. Ya voy.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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