de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Mi nonna tiene la costumbre de consultar el futuro cuando el presente la inquieta demasiado.
No lo hace con frecuencia ni con descaro. Lo hace con esa discreción específica de las mujeres de su generación que han sido educadas en la fe católica y sin embargo guardan en algún cajón interior la certeza de que hay fuerzas que el catecismo no alcanza a explicar del todo. Así que cuando supo que yo me iba, realmente me iba, no de visita sino para no volver en mucho tiempo, fue a ver a Nydia.
Nydia era la misma mujer que yo había entrevistado tres años antes para un trabajo universitario sobre curanderismo y prácticas populares en la sierra ecuatoriana. La recordaba sentada detrás de una mesa con las manos abiertas sobre el mantel, con esa calma particular de quien ha escuchado demasiados secretos y ya no se sorprende de ninguno. Tenía sus aciertos, decían. Tenía también sus errores, pero de los errores nadie habla.
Mi nonna nunca me contó exactamente qué le dijo Nydia esa tarde. Me contó dos cosas solamente, las dos que según ella habían resultado ciertas.
La primera: tu nieto se va lejos, muy lejos, pero deja su corazón en esta tierra. Se ha enamorado, y más que la distancia, es eso lo que más le va a afectar.
La segunda: tu nieto va donde alguien que lo estima y lo quiere mucho. No es familiar, pero lo considera como tal. Como a su hermano.
Mi nonna me contó esto semanas después de que yo llegara a Leeds. Me lo contó por teléfono, con esa voz que tienen las abuelas cuando quieren decir te lo dije sin decirlo exactamente. Yo estaba en el cuarto de Justin, que dormía arriba en su habitación, y afuera llovía sobre Yorkshire con esa persistencia inglesa que no es dramatismo sino simplemente condición climática permanente.
No se equivocó, le dije.
No, dijo ella. No se equivocó.
Hubo un silencio. De esos silencios transatlánticos que cuestan por minuto y que sin embargo nadie interrumpe porque lo que está pasando en ese silencio no tiene sustituto.
Cuídate, dijo mi nonna finalmente.
Sí, le dije.
Y ninguno de los dos mencionó lo que ninguno de los dos nombraba todavía.