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EL CROWNE PLAZA
Martes, 24 de julio de 2001. ¡¡POR FIN ME SALIÓ!!

Lo escribo así en el cuaderno, con doble signo de exclamación, porque hay momentos que no admiten moderación tipográfica.

 

Cuando Kathryn —la jefa del área de Banquetes y Conferencias del Crowne Plaza Hotel, la misma cuyo acento durante semanas no logré descifrar— me dio el prendedor con mi nombre impreso en él, lo creí. No antes. En ese momento exacto, con ese objeto pequeño y mundano en la mano, lo creí.

 

Me dieron el trabajo. Con los beneficios de ley que me otorga mi calidad de ciudadano europeo: sueldo, vacaciones pagas, derecho a salud y seguridad, obligaciones tributarias. Esto último ya no es tan bueno —me descuentan el 20% en impuestos— pero no importa. Era ya un trabajo con cara de tal. Mi primer trabajo en Europa: Asistente de Banquetes y Conferencias.

 

Y esa noche no tenía por qué volver al restaurante italiano. Nunca más.

 

Llegué a las cinco de la tarde al 1 de Bentley Grove. Allí estaban todos: Andy, Steve, y mi gran amigo Tino Cervezero —Justin Brewer, cuyo apellido en inglés significa exactamente eso, cervecero, lo cual explica con una precisión casi poética tanto su vocación social como su apellido. Josselyn estaba fuera de la ciudad por trabajo. Casualmente esa misma noche llamó Ángela desde España. Estaba tan contenta como yo. Había algo justo en esa coincidencia —dos colombianos en dos países distintos, cada uno con su pequeña victoria del día, celebrando por teléfono a través de dos franjas horarias distintas.

 

Fue un martes eufórico. Y por primera vez desde que llegué a estas tierras dormí con una sonrisa.

 

Primera semana de trabajo.

 

El Crowne Plaza de Leeds no es el hotel más lujoso que he visto ni el más modesto. Es exactamente lo que debería ser un hotel de cuatro estrellas bien ubicado en el centro de una ciudad que se toma en serio: eficiente, cuidado, con esos estándares de calidad que no admiten improvisación. Me recuerda al hotel El Dorado de Cuenca —ni muy lujoso ni muy cutre, pero con esa presencia serena de los lugares que saben exactamente lo que son y no aspiran a ser otra cosa. El Dorado era el hotel de referencia de Cuenca en los años setenta y ochenta: el lugar donde se hospedaban los visitantes importantes, donde se celebraban las bodas de las familias con apellido, donde la ciudad se ponía su mejor cara para recibir al mundo. El Crowne Plaza tiene esa misma energía, multiplicada por el tamaño de Leeds y los estándares de una cadena internacional.

 

Ser extranjero tiene sus ventajas. Despierta curiosidad entre la gente que te rodea, especialmente entre las mujeres. Mis colegas de trabajo no se caracterizan precisamente por sus virtudes físicas —y aquí el cuaderno registra un comentario que reproduzco con la incomodidad que merece: toda fea es buena persona, ¿se imaginan que además de feas sean insoportables? ¡estarían jodidas para siempre! Lo escribí así, con esa pose varonil que había adoptado en Ecuador cuando decidí ser totalmente heterosexual —cuando decidí, con la disciplina de quien construye una identidad de emergencia, ser exactamente lo que se esperaba que fuera. La masculinidad exagerada como disfraz. La bravuconada como armadura. No lo justifico. Lo registro porque es parte de lo que era entonces, y porque la honestidad de este libro requiere mostrar también las versiones de uno mismo que no producen orgullo.

 

Dicho esto: son muy buenas personas.

 

A ciencia cierta nadie sabe de dónde vengo. Las hipótesis circulan con entusiasmo entre turnos: ¿Croacia? ¿Italia? ¿España? ¿Portugal? ¿Ecuador? ¿Colombia? La conclusión provisional es que el nuevo chico tiene un acento raro. Lo cual es exacto y no me molesta —tener un acento no identificable en un hotel donde cada colega habla inglés con la geografía de su origen impresa en cada vocal es, en este contexto, casi una distinción.

 

Porque no soy el único con acento. El chef del hotel es irlandés y su inglés es irlandés —esa variante musical y veloz que los ingleses escuchan con afecto condescendiente y los recién llegados con pánico genuino. Etta es jamaiquina, morena, con una energía que llena cualquier sala antes de que ella entre, y me insiste con una constancia que solo puedo admirar en que la acompañe a la iglesia metodista —su inglés es el inglés del Caribe, sincopado y cálido, como si cada frase tuviera ritmo propio. Simón es francés y su inglés lleva consigo toda la resistencia fonética del idioma de Molière, como si el francés se hubiera negado a irse del todo y hubiera llegado a un acuerdo diplomático con el inglés. David desciende de hindúes pero habla tan poco que su acento es casi una hipótesis.

 

Y luego está Kathryn.

 

Mi jefa directa. De Leeds. De Yorkshire. Con un inglés que los nativos de la región consideran perfectamente normal y que para mis oídos entrenados en el inglés de los manuales es como intentar sintonizar una emisora que transmite en una frecuencia ligeramente distinta a la acordada. Cuando Kathryn habla, entiendo que está hablando inglés. Lo que no siempre entiendo es qué está diciendo exactamente. Es cuando quedo como un estúpido ante mi jefa. Pero bueno. Aún le dura la paciencia.

 

El trabajo tiene una carga física que el título Asistente de Banquetes y Conferencias no anuncia en ninguna parte. Hay que cargar bultos de mantelería, arrastrar mesas de banquete que pesan lo que pesan, apilar y transportar sillas en cantidades que harían pensar que el hotel espera a todo Leeds simultáneamente. Armar y desarmar salones con la eficiencia de quien sabe que el siguiente evento empieza en dos horas y el salón actual todavía huele al anterior. Tender manteles —esa geometría textil que debe quedar perfecta, sin arrugas, con las esquinas a exactamente cuarenta y cinco grados. Servir las copas. Sacarles brillo a los cubiertos —ese brillo específico que los hoteles de cuatro estrellas exigen y que requiere más paciencia que habilidad, más meditación que técnica.

 

Si hay una reunión de negocios, hay que pulirse más: esa gente tiene el radar específico de quien paga para no tener que notar los detalles, y nota exactamente los detalles cuando algo falla. Si hay una boda —figura trasnochada, el evento rey del verano inglés, el que justifica toda la industria del servicio en este país durante los tres meses en que el clima permite imaginar que todo saldrá bien— el turno termina cuando el sol ya está pensando en salir.

 

Lo de servir los platos a los comensales merece su propio párrafo, porque allí quedó registrada con involuntaria precisión la distancia entre lo que yo creía que sabía hacer y lo que en realidad sabía hacer.

 

La primera vez que me tocó servir en un banquete, recogí los platos de los invitados y los fui apilando uno sobre otro con la eficiencia orgullosa de quien ha encontrado el método más lógico: si hay que llevar diez platos a la cocina, lo natural es apilarlos y llevarlos todos de una vez. Iba feliz atravesando el salón con mi torre de porcelana sucia, equilibrándola con la concentración de un malabarista amateur, cuando intercepté la mirada de Kathryn. No era una mirada de aprobación.

 

Me sacó al lado con la velocidad discreta de quien no quiere hacer una escena pero definitivamente va a hacer una escena.

 

—¿Pero no tenías experiencia sirviendo platos?

 

—Pues claro que sí —respondí, con la convicción intacta de quien en efecto ha comido en restaurantes toda su vida—. Así lo hacemos en Suramérica.

 

Ella me miró con esa expresión que en Yorkshire deben llamar paciencia y en otros lugares llamarían de otra manera. Decidió que necesitaba entrenamiento formal. El entrenamiento formal nunca llegó —el verano en Leeds no da tregua y los matrimonios en particular, comprimidos en los tres meses en que este país puede ofrecer algo parecido al buen tiempo, llegaban uno tras otro sin respiro. Así que mientras el entrenamiento se postergaba indefinidamente, Andrés era el indicado para cargar los bultos, mover las mesas, apilar las sillas, arrastrar lo que hubiera que arrastrar.

 

Lo que el cuaderno no dice todavía —porque el cuerpo todavía no lo sabe— es que todo ese peso, todas esas mesas y sillas y bultos de mantelería cargados con la urgencia de quien siempre va tarde para el siguiente evento, están construyendo algo en la zona del abdomen que más adelante tendrá nombre y consecuencias. Pero eso será en agosto. Esto es julio, y en julio el cuerpo todavía aguanta y el optimismo todavía puede más que el dolor.

 

El horario no es fijo —eso lo aprendí rápido. A veces de nueve a cinco. A veces de cuatro a medianoche. Las bodas pueden llevar el turno hasta las cinco de la mañana. Son cuarenta horas semanales, pero distribuidas con la lógica de los eventos, no con la lógica de la vida normal. Si me toca trabajar el fin de semana, los días de descanso se corren —puedo terminar con lunes y jueves libres, o martes y viernes, lo que el horario decida. Si salgo después de las once de la noche, el hotel me paga el taxi y me lo descuenta al final del mes —el precio del bus es una libra, así que el subsidio tiene su lógica financiera.

 

Los beneficios completan el cuadro: veinte días de vacaciones pagas, derecho al sauna, la piscina y el gimnasio del hotel en las horas libres. Las cuales, siendo honesto, utilizaré principalmente para dormir.

 

No tengo por qué quejarme.

 

Así termina julio y empieza agosto lleno de expectativas. Espero mejorar en todo sentido para entonces.

 

Lo escribo así en el cuaderno, con esa fe específica de quien todavía no sabe lo que le espera pero tiene suficientes razones para creer que lo peor ya pasó.

 

El cuerpo, callado, lleva la cuenta.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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