de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Heathrow es el aeropuerto más grande que he visto en mi vida. No exagero si digo que tiene el tamaño de Buga. Enorme de una manera que no es grandiosa sino simplemente funcional —la grandeza de las máquinas que procesan gente, no la de los lugares que la reciben.
En el vuelo de Milán me hice amigo de Emmanuel. Nigeriano, pasaporte de la Commonwealth, vive en Londres desde hace años y venía de visitar a su familia en Lagos. Me lo explicó con la paciencia de quien ha explicado lo mismo muchas veces: la Commonwealth es la red de países que alguna vez formaron parte del Imperio Británico —Canadá, India, Nueva Zelanda, Nigeria, una docena más repartida por África y el Pacífico— y ese pasaporte, en este aeropuerto, abre ciertas puertas. No las mismas que el mío, pero sus propias puertas.
Hablamos durante el descenso con esa facilidad específica de los aviones, donde la proximidad física y la certeza de que no volverán a verse producen en los desconocidos una honestidad inhabitual. Me dijo que Londres era la ciudad más solitaria del mundo y la única donde había podido ser él mismo. Le pregunté cómo se reconciliaban esas dos cosas. Se encogió de hombros con una sonrisa. That's exactly the point, dijo.
Nos despedimos en la puerta de desembarque.
Antes de recoger las maletas me dirijo a los filtros de seguridad. Hay dos carriles. Uno para ciudadanos de la Unión Europea. Otro para el resto del mundo. El carril europeo es corto y avanza. El otro es largo y avanza menos. Saco el pasaporte italiano. Me incorporo al carril corto. El funcionario lo mira, me mira, lo estampa, me lo devuelve.
Así de sencillo.
Así de complicado, si uno piensa en Emmanuel haciendo la otra cola.
No lo pienso todavía con esa claridad. Lo pienso así de claro ahora, veinticinco años después, escribiendo esto. En ese momento solo siento el alivio específico de quien cruza un umbral sin que nadie lo detenga, y anoto en el cuaderno con la candidez intacta del recién llegado: Cruzo por el carril europeo sin ningún problema mientras el resto de gente hacía cola. Lo escribo como un dato. Como una buena noticia. Sin la incomodidad que ese dato merece y que tardaré tiempo en aprender a sentir.
Y entonces lo veo.
Justin está del otro lado de la puerta de llegadas con esa expresión suya de quien no necesita hacer nada especial para que su presencia sea suficiente. Me saluda con un abrazo fuerte —el abrazo de los amigos que se quieren de verdad y que han aprendido, con los años, a no disimularlo. Está igualito desde la última vez que nos vimos en Ecuador. Un poco más gordo. La cerveza, dice él antes de que yo pueda decir nada, con esa anticipación de quien conoce exactamente el comentario que viene.
La bruja Nydia no se equivocó.
Nos dirigimos a la estación. Debemos tomar el Heathrow Express —el más apropiado para maletas, el más rápido, y el más horripilantemente caro: doce libras. Doce libras en 2001 es una cantidad que anoto con tres signos de exclamación en el cuaderno, con la indignación justa del recién llegado que todavía no sabe que doce libras van a ser pronto el precio de un almuerzo mediocre. Son más de las diez de la noche y afuera recién se puso oscuro —esa oscuridad específica del verano inglés que llega tarde, casi a regañadientes, y pesa diferente a la oscuridad de otros lugares.
En el tren, Justin saca dos Stella Artois de la mochila con el gesto clandestino de quien comete un delito menor con plena conciencia y ningún arrepentimiento.
—Es ilegal beber en los trenes —dice, entregándome una.
—Entonces por qué...
—Porque esto amerita una cerveza. ¡Estás en Londres, Andresito!
Lo que Justin omitió mencionar —y que yo descubriría años después— es que en 2001 beber en el Heathrow Express era perfectamente legal. El ban lo introduciría Boris Johnson en 2008. Justin simplemente era inglés, y los ingleses tienen esa habilidad particular de hacer sonar cualquier cosa como una transgresión cuando en realidad es perfectamente ordinario. ¿Quién puede negarse, de todas formas? Fue la primera Stella Artois de mi vida. Belga, 5.2% de alcohol, de las pocas cosas baratas en un país donde todo está por las nubes: dos libras con cincuenta las cuatro botellas.
Brindamos en el Heathrow Express a las diez de la noche mientras Londres aparece afuera de la ventanilla como una ciudad que no necesita presentarse —densa, oscura, interminable, con esa luz anaranjada de los faroles que convierte cada calle en una escena de algo que ya ocurrió antes en alguna novela.
Llegamos a Paddington en menos de una hora.
La estación la diseñó Isambard Kingdom Brunel en 1854 con la ambición específica de los ingenieros victorianos que creían que la grandeza era una obligación moral: una nave de hierro forjado y cristal en tres tramos enormes, con columnas delgadas que suben hasta un techo translúcido que guarda la luz amarilla de los andenes como una catedral de vapor. Bajo esa nave hay gente que camina con la urgencia de quien lleva décadas yendo al mismo lugar y ha aprendido a no mirar hacia arriba. Yo miro hacia arriba.
Desde Paddington caminamos cuatro cuadras y llegamos a casa de Sasha, la hermana de Justin. Sasha está casada con William. Viven en una casa inglesa de más de trescientos años —Justin me lo dice con el tono de quien menciona algo perfectamente ordinario, que es exactamente como los ingleses mencionan sus trescientos años. Hay en eso un orgullo específico que reconozco porque lo he visto antes: en Cuenca, la nobleza también medía su valor por la antigüedad de las casas. Cuanto más antigua la casa que habitas, más noble se supone que eres.
En la entrada hay todavía el poste donde amarraban los caballos y los coches. Lo dibujo en el cuaderno porque hay cosas que solo se entienden si se dibujan: son casitas pegadas la una a la otra, con una entrada y un patio interior adoquinado donde hay más casitas pequeñas, antiguas, con pedigrí, ubicadas en el centro, lo que las eleva a un arrendamiento promedio de novecientas libras al mes. Tres pisos. Dos habitaciones. Un baño. Pequeña y cálida y llena de flores —afuera, en cada poste de luz, hay canastas que riega el municipio. Todo es limpio. Todo es ordenado. Todo tiene esa calidad de las cosas que han durado lo suficiente para volverse parte del paisaje sin que nadie recuerde haberlas puesto ahí.
Sasha y William están fuera de la ciudad por el fin de semana. La casa es nuestra.
Esa noche vamos a un bar en Piccadilly Circus —el sitio más turístico de Londres, socialmente hablando, donde la ciudad se exhibe para sí misma y para los que acaban de llegar, que somos nosotros. Al día siguiente, bus de dos pisos: el Big Ben, el London Bridge, la Torre, el Támesis navegado desde abajo con esa perspectiva que convierte la ciudad en algo más grande que sus monumentos. Yo pienso en Peter Pan —en que el Támesis es el río de Peter Pan, en que Londres es la ciudad de Peter Pan, en que hay algo en este lugar que pertenece a la infancia de todos, aunque ninguno haya estado aquí antes.
En la noche nos hacemos amigos de una española —de Madrid, dos años en Londres, esa mezcla de amor y agotamiento que produce vivir en un lugar que te exige demasiado y te da justo lo suficiente. Vamos al barrio de Angel. Tomamos el Tube —ese sistema de túneles victorianos que Londres construyó antes que cualquier otra ciudad del mundo y que funciona con la eficiencia exacta de algo que ha tenido ciento cincuenta años para perfeccionarse. Cambiamos en tres estaciones y salimos a los bares de los londinenses reales, los que no salen en las guías, los que se llenan después de un largo día de trabajo con gente que necesita una pinta y una hora sin pensar en nada.
Amanecemos en casa de Sasha tomando tequila y vino, saqueando el bar privado de la familia, recordando los años en Cuenca, los paseos mochileros por toda la costa ecuatoriana. Fue Justin, en parte, quien me convenció de que era posible salir. Y terminó enseñándome algo más importante que ya lo explicaré en su momento. Esa noche lo celebramos con la alegría específica de los que no tienen nada que perder porque todavía no tienen nada.
Al día siguiente, con el tequila todavía en el cuerpo y Londres todavía en los ojos, nos embarcamos por tierra hacia Leeds en el carro de Justin.
Manejar en Inglaterra es una experiencia filosófica. El volante está a la derecha. Se circula por la izquierda. Durante los primeros kilómetros mi instinto de supervivencia me indica con urgencia que vamos en dirección contraria al tráfico y que vamos a morir. Justin me explica, con la serenidad del que conduce sobre el lado correcto de la historia, que la cosa viene de la Edad Media: los caballeros montaban por la izquierda para tener la mano derecha libre para la espada. Cuando llegó Napoleón e impuso el lado derecho en toda Europa como acto de conquista imperial, los ingleses —que habían resistido a Napoleón en todo lo demás— se quedaron en la izquierda también en esto. Por pura obstinación. Por puro carácter. And we were right, dice Justin, sin asomo de duda. Así que somos nosotros los que vamos bien, concluye, y son los demás —los que manejan por la derecha, es decir prácticamente todo el planeta— quienes están equivocados.
Lo dice completamente en serio. Eso también es muy inglés.
Las autopistas son estupendas. No hay peajes —las mantiene el gobierno, lo anoto con un signo de exclamación: ¡qué país tan rico! Paramos en un McDonald's en algún punto entre Londres y el norte. Pasamos por Nottingham. Por Sheffield. El paisaje va cambiando de la densidad urbana a algo más verde, más abierto, más antiguo de una manera que no es monumental sino simplemente persistente.
Y entonces aparece Leeds.
Plena región de Yorkshire.
Lo escribo en el cuaderno con mayúsculas y una línea debajo, como se escribe el nombre de algo que uno todavía no termina de creer.
Aún no lo creo.