de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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Leeds, agosto — septiembre de 2001.
El trabajo fuera perfecto si me pagaran más.
No es complicado. Es físico, repetitivo, con sus propios ritmos que las extremidades del cuerpo aprenden antes que el cerebro. Durante la semana siempre hay algún evento académico o de negocios: empresas que utilizan los salones de conferencias para dictar cursos, entrenar personal, realizar reuniones privadas con cena y todo. Los tres salones se convierten en aulas y hay que acondicionarlos con pupitres, sillas y manteles, copas, folders, lapiceros, organizados en cada mesa mostrando siempre el nombre institucional del hotel, las botellas alineadas una a otra con la etiqueta al frente del usuario.
Luego la mesa de té: 80 tazas, 80 platos, 80 cucharas, el té alineado siempre en forma de pirámide. Se prepara la caja con los diferentes tipos —desde el tradicional english breakfast hasta los de frutos rojos y hierbas silvestres que manchan los manteles y la taza hasta el tuétano. Cuando hay comida se sirve una selección de sándwiches, quiches y alas de pollo marinadas.
El fin de semana la situación cambia completamente.
Los tres salones se convierten en un gran salón de recepciones con pista de baile, la cual debemos armar como un rompecabezas enorme de madera. Las mesas redondas para diez personas cada una. Los fines de semana son para las bodas —o los Breakfast Weddings, Desayunos de Boda, que se sirven a las cinco de la tarde y que de desayuno no tienen nada. Se les llama así porque es la primera comida como marido y mujer.
El salón se decora según el color del vestido de la novia. Si es crema con dorado, los manteles son crema, las servilletas doradas, al igual que los globos y las velas. El promedio de invitados es cien personas, lo que implica brillar cien copas para vino blanco, cien para champán, cien para vino tinto y cien para agua. Sobre los cubiertos la misma historia: tenedor y cuchillo para la cena, cuchillo pequeño para el pan, cuchara para la sopa, cucharilla y tenedor enano para el postre, además de la fucking taza de té. Por supuesto que también hay que brillar cada cubierto. Multiplica por cien, suma el total, saquen cuentas.
Lo que el título Asistente de Banquetes y Conferencias no anuncia es que buena parte de ese trabajo se hace con la espalda. Las mesas pesan. Las sillas pesan. Los bultos de mantelería pesan. Al final de un turno de bodas el peso no se siente como cansancio sino como una acumulación —algo que se guarda sin decirlo, con la paciencia de quien lleva la cuenta en silencio.
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Tea Bags.
Así llamo en el cuaderno a las observaciones que voy acumulando sobre los ingleses y sus costumbres —anotadas mientras todavía tengo los ojos abiertos del recién llegado, antes de que la rutina los cierre.
Hay productos en los supermercados ingleses que cuentan con la aprobación de Su Majestad Elizabeth II y exponen el sello real en la etiqueta como garantía de calidad. Si lo usa la reina, debe ser que es bueno. ¿Por qué no lo uso yo? Algunos incluso tienen el sello del Príncipe de Gales y de la Reina Madre. Si toda la familia real come Cereales Alpen con chispas de chocolate, debe ser un honor comerlos. ¿No?
Nota: Aún no encuentro ninguna marca de papel higiénico con el sello de Su Majestad. Debe ser algo indescriptible darle a mi trasero el privilegio de limpiarlo como los reyes.
La televisión inglesa es muy culta, especialmente los canales de la BBC. Documentales, programas de ciencia y especiales son pan de cada día en horario estelar y tienen rating. Look North es la sección de Yorkshire en los noticieros. Pero incluso aquí las novelas son las reinas: las soap operas australianas dominan la parrilla, y la BBC produce EastEnders, que narra las presiones sociales de la gente de East London. ¡Qué drama!
Big Brother finalizó en agosto. Al estilo de La Plena en versión ecuatoriana, un grupo de jóvenes que no se conocen acepta vivir enclaustrado en una casa filmada las veinticuatro horas, sujeto a pruebas sicológicas en las que sobrevive el más fuerte. Brian fue el ganador. En Colombia se llama Gran Hermano, por el Canal Caracol. Tele real, adiós privacidad.
Los ingleses son una de las razas más viajeras del mundo. Las agencias de viajes pululan como también las ofertas: desde un viaje a Irlanda hasta uno alrededor del mundo, a precios bajísimos. Cuatro días en París visitando Versalles, city tour, tiquetes y hotel incluidos: £200. ¡Así quién no!
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Mis colegas de trabajo son buenas gentes, pero especiales a la vez.
Kathryn es la jefa del equipo —la del acento que durante semanas fue para mí un código sin descifrar. Joan Minucci, inglesa, rubia, grande, es la big boss del departamento. En las bodas, ella y Kathryn siempre están, supervisando y a la caza del mas mínimo error. ¿Cumplidos? Eso no se da por estas tierras.
David es descendiente de hindúes. Habla poco. Cuando está de buenas, bien; cuando no, mejor apartarse.
Vicky tiene 31 años y parece de 20. Gordita, casada, super descomplicada. En los peores turnos —los de las tres de la mañana desmontando el salón de una boda mientras los pies ya no responden— Vicky aparece con un comentario que no busca consolar sino simplemente decir sí, esto es un desastre, pero hay cosas peores afuera. Eso vale más que cualquier consuelo.
En las bodas trabajamos en equipo con la gente del bar: Jenny, una chica bajita que se ríe por todo; Mike, recién ascendido a supervisor y que en su tiempo libre es instructor de ski en Francia e Italia —lo cual dice algo sobre la economía de los sueños en este país, donde uno puede ser las dos cosas sin que nadie lo encuentre contradictorio. Y Chris, un londinense que estudia en Leeds —tonto hermoso y tan consciente de serlo que todas las mujeres del hotel se ofrecen voluntariamente a llevar los vasos sucios al bar solo para verlo. Él lo sabe. Imagínense lo humilde que debe ser.
Karen es la única menor que yo en el equipo. Me cae muy bien y me encantaría ser su amigo, pero yo a ella no le inspiro ni una mirada —solo cuando compartimos el taxi del hotel a la madrugada para dividir la cuenta. ¿Cómo negarme?
El corre corre de las bodas hace que el tiempo pase rápido. Se escucha buena música, se critica la pinta, se come bien. Pero uno termina molido el fin de semana. He decidido que cuando me case lo haré un miércoles o un lunes —en consideración con los trabajadores del gremio hotelero.
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A mediados de agosto llegaron las hermanas Luna.
No se llamaban así. Se llamaban María, Laura y Mónica —tres amigas de Almería que habían llegado juntas al Crowne Plaza y trabajaban juntas en housekeeping. Pero yo las llamaba las hermanas Luna porque eran l´una -más-viva-que-l´otra, que en buen castellano significa que entre las tres superaban cualquier viveza individual imaginable, y en la práctica significaba que el apartamento que compartían —las tres en el mismo piso, como si la geografía del Crowne Plaza hubiera seguido en sus vidas privadas— era un inventario silencioso de los bienes del hotel.
Las sábanas eran del Crowne Plaza. Los manteles, del Crowne Plaza. Las toallas, los platos, los cubiertos, los albornoces, los jabones de tocador presentados en sus envoltorios originales sobre la repisa del baño —todo, absolutamente todo, procedente del cuarto piso de un hotel de cuatro estrellas en el centro de Leeds.
Hicimos click por el idioma. En un hotel donde el inglés tenía acento irlandés, jamaiquino, yorkshiriano y alemán, el español era un territorio privado —un idioma que hablábamos entre nosotros con esa velocidad y ese volumen que los españoles consideran conversación normal y los ingleses consideran una discusión grave. Después de semanas de descifrar acentos, oír mi propio idioma en la boca de alguien que lo hablaba con la misma cadencia del sur que yo reconocía desde Buga fue como quitarse unos zapatos que llevaban meses apretando.
Una noche fui a cenar con ellas. Pusieron a Alejandro Sanz, luego a La Oreja de Van Gogh, luego a un tal David Bisbal que acababa de salir de Operación Triunfo y del que yo no sabía nada, pero del que quedé irremediablemente enamorado esa noche —o de la voz, al menos, que es lo mismo. Nos amanecimos cantando en ese apartamento completamente amoblado con los recursos del Crowne Plaza, y en algún momento de la madrugada, con el Bisbal ya en bucle, Mónica me miró con esa tranquilidad de quien propone algo perfectamente razonable:
—Oye, Andrés. ¿Tú no trabajas en Banquetes? ¿Y no tenéis ahí sillas y mesas plegables de sobra?
Me negué. Con el terror genuino de quien sabe exactamente lo que le costaría —no solo el trabajo, sino la posición entera, el sofá en Bentley Grove, la cara de Justin y Andy y Joss si supieran que tienen en su casa a alguien capaz de robarle al empleador con esa alegría. Las hermanas Luna vivían en su propio apartamento, entre sus propias cosas robadas, sin rendir cuentas a nadie. Yo dormía en la sala de unos británicos que se horrorizarían de saberlo.
Las hermanas Luna encogieron los hombros. El mundo seguiría girando, el hotel seguiría teniendo sillas, Bisbal seguiría cantando. Los víveres de la cocina —el café, los jugos de naranja, las galletas, absolutamente todo— desaparecían con una regularidad que solo podía ser sistemática y nunca fue investigada. El Crowne Plaza proveía. Las hermanas Luna disponían. La una más viva que la otra.
Yo las admiraba y me producían una incomodidad que no supe resolver entonces y que tampoco voy a resolver ahora.
…
Fue también a finales de agosto cuando conocí a Patrick y a Frank, aunque los conocí de maneras tan distintas que cuesta creer que ocurrieron en la misma cocina.
Patrick era el chef del hotel. Irlandés —Patrick, irlandés, sí, el estereotipo cumplido con una puntualidad que haría sonreír hasta a los más escépticos. Su inglés era el inglés de Cork o de Galway o de algún condado verde donde las vocales se alargan y se curvan y salen del pecho con una musicalidad que no tiene nada que ver con el inglés que yo había estudiado ni con el yorkshiriano de Kathryn. Cuando Patrick hablaba yo entendía aproximadamente el cuarenta por ciento.
Un día de finales de agosto —el otoño asomándose con esa seriedad del norte no se molesta en anunciar el invierno, sino que simplemente lo instala— Patrick me encontró en la cocina mirando por la ventana el cielo gris. Supo leer lo que vio.
—You worried about the winter?
—I come from the tropics, Patrick. I have no idea what's coming.
Asintió. Me señaló la nevera industrial de víveres —uno de esos cuartos frigoríficos del tamaño de una habitación, a cuatro grados centígrados, donde se guardaban las carnes y los lácteos para los eventos de la semana. Abrió la puerta. Entramos los dos. La cerró.
Cuatro grados centígrados. El vapor de la respiración visible. El silencio del frío industrial que no es el silencio de una habitación sino el silencio de un lugar donde el aire mismo está quieto.
—This, — dijo Patrick —. This is November. This is December. This is January.
Estuvimos quizás dos minutos. Cuando salimos, había alguien apoyado contra la pared de la cocina con los brazos cruzados, mirando la escena con una expresión entre la perplejidad y la contención de quien acaba de ver algo que no esperaba y no sabe si reírse.
Era Frank.
Frank el Alemán —así lo llamo, con el apellido que él mismo se ganó por su origen. Venía de Friburgo, había terminado su servicio civil ese verano. Se había presentado en el Crowne Plaza con una propuesta que era casi una apuesta: déjenme trabajar una semana; si lo hago bien, me contratan y me pagan esa semana; si no, me voy sin cobrar. Le dijeron que sí. Trabajaba en room service. Su único pecadillo era hojear The Yorkshire Post antes de que fuera distribuido a las habitaciones suite —lo leía, lo doblaba, a veces lo planchaba, para que el huésped lo recibiera como nuevo. Periódico de segunda mano entregado con la dignidad del primero.
Cuando salimos de la nevera había alguien apoyado contra la pared de la cocina con los brazos cruzados, mirando la escena con una expresión entre la perplejidad y la contención de quien acaba de ver algo que no esperaba y no sabe si reírse.
—Did he just put you in the fridge to explain the winter?
—Yes.
Una pausa. Breve. Clínica.
El puto chef irlandés me había gastado una buena broma delante de todos metiéndome en la nevera de la cocina con la excusa de que empezara a aclimatarme para el invierno. Patrick, satisfecho consigo mismo, había vuelto a sus ollas como si nada.
—This is not a real winter. You'll see.
No era consuelo. Era advertencia. Y si el de Leeds no era un invierno real, en ese momento no lo entendí.
Fue el inicio de una amistad. No de golpe —esas amistades no tienen un momento inaugural. Pero la nevera y el irlandés y los dos mirándolo desde lados distintos con la misma perplejidad fue, en retrospectiva, el primer párrafo de algo que llevaría décadas escribiéndose.
En diciembre —o en marzo, el tiempo ya empieza a difuminarse en la memoria— Frank me invitó a Freiburg. No a ver el invierno húmedo y gris de Yorkshire. A ver el invierno de verdad: el del Black Forest, el de la nieve blanca que cae en silencio sobre los tejados y no se derrite en barro. Me presentaría a sus padres, a sus mejores amigos. Me haría sentir bienvenido en una familia que no era la mía con esa naturalidad de los alemanes para la hospitalidad que los estereotipos no anticipan.
En 2021, Frank me pidió que fuera el padrino de su hija. Mientras escribo esto estoy planeando la próxima visita a mi ahijada y sus padres.
El sábado siguiente que conocí a Frank fue el 1 de septiembre. Tuve el peor horario del mes —11 de la noche hasta las 7 de la mañana— y el centro de Leeds era un hervidero. No era para menos: esa tarde Inglaterra le había ganado a Alemania 5 a 1 en Berlín, en las eliminatorias para el Mundial Japón-Korea 2002. Un marcador para la historia. Yo lo viví desde la cocina del Crowne Plaza, entre idas y venidas de bandejas, sin poder celebrarlo porque me esperaba una boda.
¿Recuerdan el 5 a 0 de Colombia a Argentina en Buenos Aires, septiembre del 93? Algo similar, pero en inglés, con más lluvia, y en plena faena.
Era uno de los últimos sábados de la temporada de bodas. El verano inglés se cerraba. Y vaya que fue extraña la despedida.
Para variar y no perder la costumbre, otro episodio raro: la boda era de una pareja de sordomudos, y los invitados a la recepción eran también en su mayoría sordomudos.
Era muy jocoso ver al DJ del hotel poner barbaridad y media de música mientras los presentes no se percataban de ello y pasaban de lo lindo, cada uno con su walkman —aparato auditivo—, hablando el lenguaje de los signos, construyendo entre ellos una celebración completa en una frecuencia a la que nosotros no teníamos acceso. La música existía. El baile existía. La alegría existía. Solo que en otro idioma —uno que el salón entero compartía y que el DJ, los camareros, Kathryn, Karen, Chris el londinense hermoso y yo éramos los únicos en no entender.
Había algo en eso que no supe nombrar esa noche. Lo anoto sin saber exactamente qué estoy anotando.
¡Cómo farrearon los desgraciados! Se quedaron hasta las 3 AM con vómito y todo. Creo que fue el grupo de invitados más agradable y el que más gozó de las instalaciones del Crowne Plaza.
De ahí para adelante el trabajo no dio tregua. Sin darme cuenta amaneció.
El dolor de piernas y espalda fue insoportable. Me salió un morado gigante en la pantorrilla derecha, y el dolor en la ingle era algo que no tenía razón de ser. Lo anoto como si fuera un dato meteorológico —comprar medias para várices— y sigo.
Salí a las 7:20 AM con un desayuno McDonald's en mente. McMuffin con queso, huevo y tocino, té —nada que ver con la reina— y jugo de naranja. Llegué a casa a las 8 AM bramando por una cama. El domingo dormí todo el día.
En la tarde llegó Justin de España mostrando los tesoros de su nuevo juguete, un detector de metales: anillos de oro, cadenas de más de £200 libras, brazaletes, pulseras encontradas en las playas del sur español. Pero yo estaba tan cansado que no me hubiera percatado ni de un fragmento de uranio procedente de Venus.
Pagué mi primera renta: 80 libras por el mes de septiembre. El talón del primer sueldo está pegado en el cuaderno —MR A ALUMA. CROWNE PLAZA LEEDS. £641.39.
Justin recibió no una sino dos cartas invitándolo a audiciones de música. El sueño inglés avanzando. Cada uno con el suyo.
Yo también quiero lograr grandes cosas, así me cojan los 30 años sirviendo té a sordomudos en el hotel.
Diez años después de Leeds, en mi segundo año de doctorado en Chicago, leí El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa. El psiquiatra Joseba Achotegui describía en esas páginas un duelo migratorio múltiple —la soledad, el fracaso, la lucha por la supervivencia, el miedo, la tristeza— que afectaba a los inmigrantes que vivían en condiciones extremas sin poder elaborar ese duelo. Lo leí con esa sensación de quien reconoce un territorio que ya ha pisado. Yo ya había leído ese libro. No en Francia, como el protagonista de Gamboa. En Inglaterra. En el sofá de la sala de Bentley Grove, con el morado en la pantorrilla, el dolor en la ingle y el cuaderno y los Tea Bags y el primer sueldo pegado como trofeo y DM que desde mi cumpleaños no llamaba y yo que desde mi cumpleaños omitía pasar por el Corn Exchange como cargo de conciencia.
Lo había leído sin saber que tenía nombre.