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VIII. Tres llamadas

La primera entró un lunes, con resaca, mientras le bajaba la loza de una recepción a Princess y a Genoveve, esa máquina industrial que se tragaba las bandejas y las escupía humeando. El Nokia me vibró en el bolsillo. Era DM.

 

—Andrés, tengo algo que contarte.

 

—Dime. —Metí una hilera de platos en la banda de la máquina.

 

—¿Te acuerdas de Andy Peppard?

 

El nombre me tiró de vuelta a Cuenca de un solo golpe. Esa era la rareza de mi ciudad adoptiva: provinciana hasta la médula y llena de extranjeros al mismo tiempo, porque los gringos y los europeos que le tenían pánico a Colombia aterrizaban en Cuenca, que era la misma cordillera sin la guerra, a aprender español y a perderse por los páramos. Por Cuenca conocí a Anne Marie, la noruega. Conocí a Justin. Y conocí a Andy, el de Wisconsin, que se hizo amigo de DM y mío sin sospechar jamás que DM y yo éramos algo más que amigos.

 

—Sí. Andy, el de Wisconsin.

 

—¿Sabes que se devolvió para allá?

 

Arrancó el primer ciclo de la máquina, un zumbido hondo que me obligó a subir la voz. Dije que no, que no sabía, que a cuento de qué me lo preguntaba.

 

—Está en Madison. Él me contactó. Unos amigos suyos están montando una radio en español, se llama La Movida. Fui la semana pasada, Andrés. Me entrevistaron y me contrataron. Me van a tramitar la visa de trabajo.

 

Princess me vio la cara. Me quitó de en medio con la cadera, sin preguntar, y siguió ella metiendo bandejas.

 

La semana pasada. Las semanas en que DM no me había escrito, que yo había tomado por distancia, o por ese silencio que a veces se instala entre dos que se quieren de lejos, habían sido esto. DM juntando la plata del pasaje, viajando solo hasta un estado del que no conocía ni el nombre completo, sentándose ante un micrófono de prueba, y guardándose todo hasta tenerlo firmado. Me lo imaginé haciéndolo solo, con el miedo que le tenía a todo, y en vez de ternura me subió otra cosa por el cuerpo. Primero rabia. Después, más difícil de mirar de frente, la envidia. La envidia sucia de que a él le hubiera caído del cielo lo que a mí no me caía: una puerta con su nombre, en su oficio, del otro lado del mundo. Yo lavaba platos ajenos en Londres y él iba a hablarle a una ciudad entera por la radio.

 

—¿Por qué no me lo contaste? —Salió injusto, y lo solté olvidando en ese mismo segundo la lista larguísima de lo que yo le venía escondiendo a él.

 

—Te lo estoy contando ahora. No sabía si iba a ser de verdad, y ahora es de verdad. —Bajó la voz, la puso suave—. Andrés, estoy feliz. Pero esto no cambia el plan. Lo hago un tiempo, junto plata, y me voy contigo a Londres. Yo lo que quiero es estar contigo.

 

Diez segundos de silencio, con el vapor de la máquina subiéndome a la cara, y le solté la mano. A propósito, sabiendo lo que hacía.

 

—¿Vos te das cuenta de que si te venís para acá, vas a terminar lavando platos conmigo?

 

—No me impor…

 

—Claro que te importa, huevón. —Lo corté en seco, y ahí estaba yo, con el delantal chorreando, secando a mano los platos que la máquina no había alcanzado a secar, el mejor graduado de la promoción con un trapo en la mano—. Esta es la oportunidad más grande de tu vida. De toda la facultad, vos sos el que está por llegar más lejos. No la botés por venirte a un sótano conmigo.

 

—No lo pongas así.

 

—Es que es así. Por lo que me estoy dando cuenta, tus proyectos valen más que los míos. Andate a Madison. —Tragué—. Tengo que colgar. Estoy trabajando.

 

Y colgué yo, que era lo que no habíamos hecho nunca: siempre colgaba él.

 

Me quedé con el aparato caliente en la mano, mirando a Princess pasar bandejas como si el mundo no se acabara de mover. Y sentí, de la manera más inesperada, un respiro. Una tranquilidad que no venía a cuento, que no encajaba con nada de lo que acababa de hacer, y que precisamente por eso me asustó más que cualquier culpa. Me acababa de quitar de encima el futuro que yo mismo le había prometido, y lo había hecho con el argumento más noble del mostrador, su carrera, su bien, su oportunidad, cuando la verdad de abajo, la que no miré esa tarde, era que soltarle la mano me quitaba un peso que venía cargando desde Cuenca sin haber sabido nunca que lo llevaba encima.

 

Esa semana no me escribió. Yo tampoco. Y me fui convenciendo, viernes en el Astoria, sábado en Exilio, de que mi vida era esto y estaba aquí, y de que DM se cerraba solo, como un asunto que uno da por terminado.

 

Me equivoqué. No se cerró, y no fue sin mi culpa.

 

La segunda llamada llegó el domingo, a las seis de la mañana.

 

Salíamos de Exilio con Londres amaneciendo alrededor, la ciudad todavía vacía, el sudor de la noche enfriándoseme bajo la chaqueta, mi tocayo y Humberto a los lados hablando bobadas felices. Saqué el Nokia para mirar la hora. Seis llamadas perdidas, todas del mismo número. Y antes de que alcanzara a mirar nada más, el aparato me timbró en la mano: la séptima.

 

—¡Por fin contestas!

 

Me llegó como un grito, quebrado por la mitad.

 

Me paré en seco en plena Charing Cross Road. Humberto y mi tocayo se pararon conmigo, sin entender, leyéndome la cara.

 

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

 

—¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! —Lloraba, y el llanto no era de pena, venía de más abajo, de un derrumbe—. Tu papá lo sabe todo. Me escribió a mí, Andrés. A mí. Me escribió que yo te dañé. Que yo te volví marica. Que soy un degenerado, que me pudra, que me aleje de ti para siempre.

 

El frío de la mañana se me metió de golpe por debajo de la chaqueta.

 

—¿Cómo que te escribió? ¿Cómo se enteró?

 

—¡No sé! ¡No sé cómo, pero lo sabe todo! Leyó nuestros correos, Andrés. Todos. Un año entero de correos. —Se le partió la voz—. Y ahora tú ya no quieres estar conmigo, y yo me quedé sin nada. Sin ti, y con tu papá escribiéndome que soy una lacra. ¿Qué hago yo con esto? Dime qué hago.

 

Y ahí, parado en una calle vacía de Londres a las seis de la mañana, con dos amigos sosteniéndome sin saber qué sostenían, entendí el tamaño de lo que había hecho el lunes. Le había soltado la mano a DM cuatro días antes de que mi padre se la volviera pedazos. Lo había dejado solo justo en la semana en que de verdad me necesitaba. Y ahora estaba solo por partida doble: sin mí, que lo empujé, y con el veneno de mi padre entrándole por una pantalla en el cuarto de la hermana que no podía enterarse de nada.

 

—Escúchame bien. Te lo juro por lo que quieras: no sé cómo hizo esto mi papá. Es un hijo de puta y voy a averiguar cómo lo hizo. Pero óyeme la única cosa que importa ahora: en esto no te dejo solo. Pase lo que pase. En esto no.

 

Se quedó respirando al teléfono, tragándose el llanto.

 

—Tengo que colgar. Puede llegar mi hermana.

 

Era medianoche en Missouri. Colgó él.

 

Cómo entró mi padre a ese correo no lo supe nunca del todo, y lo que tengo es una sospecha que fui armando con los años, pieza sobre pieza. La última vez que revisé mi correo en Colombia lo hice en la computadora de su consultorio, y en aquellos años las contraseñas se quedaban dormidas donde uno las escribía. Mi padre era compadre del coronel del batallón de Buga, y eran los años en que los militares de mi país perfeccionaban un oficio que Colombia entera terminó bautizando con un verbo propio: chuzar. Interceptar lo ajeno, leer lo que no se escribió para uno. No puedo probar que el coronel le enseñara la maña, ni que le hiciera falta que se la enseñaran. Lo que sé es que un hombre que no sabía adjuntar un archivo se leyó un año de la vida de su hijo, y que en mi familia una puerta cerrada nunca fue un límite, fue siempre una provocación. Lo más probable es también lo más triste: dejé la sesión abierta, o la clave puesta, y mi padre, que llevaba treinta años buscando la prueba de lo que sospechaba, la encontró por fin escrita, con fecha y con nombre, en la pantalla de su propio consultorio.

 

Volví a la casa de Seven Sisters a tratar de dormir, y no pude. Di vueltas por los cuartos mientras los demás roncaban la resaca. Ese mismo domingo, a media tarde, lo decidí, con esa lucidez rara que dejan el insomnio y el miedo cuando por fin se cansan de pelear: se acabó. Si mi padre ya lo sabía, ya no quedaba clóset que cuidar. La puerta que él había reventado leyendo mis cartas era la misma que yo llevaba veintiocho años sosteniendo cerrada con el cuerpo, y ahora que estaba abierta a la fuerza solo me quedaba una cosa digna por hacer, que era terminar de abrirla yo, con mis manos, antes de que él la abriera a la suya y a su manera.

 

Compré la tarjeta más cara de la cigarrería de la esquina, la que no cerraba nunca, y me encerré en una cabina roja de esas de puerta pesada que olían a cigarrillo viejo y a las conversaciones de todos los que habían pasado antes. Marqué primero el prefijo de Cuenca. En Ecuador era mediodía.

 

Llamé a cada una de mis exnovias, a todas, porque a todas les debía esa conversación aunque ninguna supiera que se la debía: en la memoria de cada una vivía una versión mía que yo había fabricado con esmero y nunca me había atrevido a corregir, y me pareció, esa tarde de cabina y monedas, que lo mínimo que podía hacer por ellas era entregarles por fin el original. Después marqué al Valle, a Buga y a Cali, y fui llamando uno por uno a mis tíos, a mis primos, a los amigos del colegio, a toda la gente que me había conocido desde antes de que yo aprendiera a esconderme, y que por lo tanto tenía derecho a saber lo que había estado escondiendo. Hubo quienes me contestaron con un silencio que también era una forma de respuesta, y hubo quienes lloraron, aunque no siempre de tristeza, porque a más de uno el llanto le venía de entender de golpe años enteros de gestos y de ausencias que hasta esa tarde no le habían cuadrado. Alguno me dijo cosas que todavía guardo y que no voy a transcribir en este libro, porque son suyas y mías y de nadie más. Ninguno, ni uno solo, me contestó con indiferencia.

 

La tarde se fue en eso. La tarjeta más cara del mostrador se me murió dos veces y dos veces volví a la cigarrería por otra. Cuando salí de la cabina por última vez ya era de noche sobre Londres, y me faltaba un solo número, el que había dejado de último a propósito, porque para ese quería que en Buga ya fuera de madrugada. Quería a mi padre dormido. Quería, una vez en la vida, ser yo el que lo despertaba a él, y no al revés.

 

No dormí en toda la noche. Antes del amanecer del lunes volví a la cabina, con la ciudad muerta y la llovizna empezando a caer sobre el vidrio, y marqué el número de mi casa.

 

Contestó al cuarto timbre, con la voz pastosa de sueño.

 

—¿Aló? ¿Andrés?

 

No lo dejé llegar a la segunda palabra.

 

—Sos un malparido. ¿Cómo se te ocurre escribirle a Diego?

 

—Andrés, carajo, a mí no me hablás así. Yo sabía que ese mariquita te estaba dañando…

 

—¡Que te callés, papá! Soy gay. Diego no me hizo nada. Lo soy desde siempre, desde mucho antes de Diego, y vos lo sabés desde que tengo memoria, aunque te hayás pasado la vida entera pagando para no saberlo.

 

Del otro lado se hizo un silencio corto, de esos en que uno oye respirar al otro pensar. Después oí a mi madre, la voz apagada, atrás, déjame hablar con él. Y lo oí a él apartarla del teléfono con el brazo, sin taparlo, para que yo lo oyera: no, esto lo arreglo yo, y es culpa tuya, por criármelo así de suave.

 

Cuando volvió a mí, ya no traía la voz del padre furioso. Traía la del médico, que era mil veces peor, porque el furioso al menos grita como un igual y el médico diagnostica desde arriba.

 

—Vos no sos marica —dijo, despacio, paciente, como quien le explica a un enfermo su propia enfermedad—. Todas esas hembras con las que anduviste demuestran lo contrario. Es ese mariquita el que te tiene confundido. Cortás con él y se te pasa.

 

—El marica soy yo, papá. Desde siempre. Y Diego es lo mejor que me ha pasado en años.

 

—¡Imposible! ¡En esta familia no hay maricas! —Y entonces bajó otra vez la voz, la puso conciliadora, casi tierna, y empezó a recetar—. Mirá, hacé una cosa. Andá y conseguí Viagra, que allá se consigue en cualquier farmacia. Invitá a la mona, a la noruega, a Anne Marie, esa que está tan buena, que se venga a visitarte. —Y aquí bajó la voz, y le entró un tono que yo no le conocía, o que no le había querido conocer nunca—. Yo me acuerdo cómo se amacizaban ustedes dos cuando la trajiste a Buga. Cómo bailabas con ella, cómo la agarrabas. Andate con eso. Te tomás la pastilla cuando ya estén solos, y vas a ver cómo se te vuelve toda la machera.

 

Me quedé un segundo entero sin saber si gritarle o reírme. Pero antes del grito y antes de la risa me llegó otra cosa, más honda y más sucia: mi padre, que se había pasado la vida entera queriendo curarme de mirar a los hombres, acababa de describirme el cuerpo de una mujer con un morbo que a mí, a su propio hijo, me dio vergüenza ajena escuchar. El viejo verde asomándose por debajo del médico. Me quería curar de mi deseo recetándome el suyo.

 

Y en ese cruce, agotado, sin haber dormido, con Londres amaneciendo gris a mi espalda y la llovizna resbalando por el vidrio de la cabina, elegí lo único que le iba a doler más hondo que cualquier grito. Elegí su mismo tono. La calma del médico.

 

—Listo, papá. De acuerdo. Lo hago. —Hice una pausa, la que él siempre hacía antes de recetar—. Pero con una condición. Vos también.

 

—¿Yo qué?

 

—Vos también te guardás una pastilla. Te vas a Cali, buscás un sitio que se llama Espartacus, te dejás amacizar de un buen macho, y cuando ya lo tengás encima y estés en confianza, te la tomás. Y vas a ver, papá, cómo se te vuelve la machera a vos también.

 

El silencio que siguió no fue como el otro. El otro había sido de pensar. Este fue el de un hombre entendiendo, en tiempo real, que su hijo acababa de tenderle en la cara el espejo exacto de la humillación que él había venido a repartir, y que no tenía con qué devolverlo, porque devolverlo era admitir que la receta era una porquería en las dos direcciones.

 

Y después vino el grito, que debió oírse en las islas británicas enteras.

 

—¡Atrevido! ¡Degenerado! ¡No volvás a contar conmigo mientras yo viva! ¡Te me vas al carajo para siempre!

 

Mi madre atrás, ya llorando, déjame hablar con él, por favor, Estefan, déjame hablar con mi hijo.

 

—Te lo prohíbo —le dijo él, sin taparse—. Para vos y para mí, este hijo se murió.

 

— Fin de la Parte III —

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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