de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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I. El hostal
Justin me despidió en la Coach Station de Leeds, en Dyer Street, junto al National Express de la mañana, con uno de esos abrazos de los amigos que te quieren de verdad y que también, siendo honestos, están listos para recuperar su sala.
Del sofá no hablamos. Habría sido incómodo y habría sido inútil: los meses que dormí en él no se pagan con un discurso en una estación de buses. Le di las gracias mal, con prisa, con el conductor ya cerrando el maletero. Se las sigo debiendo.
Lo último que me dijo, con la mano todavía en mi hombro, fue: you're really leaving Leeds for him. No fue un reproche. Fue una constatación, dicha con el tono con que se anuncia lluvia. Yo llevaba meses diciendo su nombre en esa casa. Mi amigo DM. El plan con DM. Cuando llegue DM. Justin no dijo su nombre. Dijo him, y con esa palabra de tres letras me hizo saber que llevaba meses sabiéndolo, y que nunca me iba a pedir que se lo dijera. Me subí al bus y le devolví el saludo por la ventana.
Cuatro horas y media hasta Victoria. La primera vez que llegué a este país fue por Heathrow, hacía once meses, con el asombro intacto y una vida entera esperándome del otro lado de la aduana. Un aeropuerto es un lugar donde la gente va hacia alguien. Una estación de buses no. En Victoria, a las once de la mañana de un martes de junio, nadie iba hacia nadie: bajábamos del coach los que llegábamos con lo puesto.
Afuera Londres estaba en junio, que es cuando esta ciudad hace trampa. La luz que no se iba a acabar hasta las diez de la noche. La gente sentada en las veredas de los pubs con la camisa por fuera, como si el invierno fuera un rumor mal fundado. Y banderas. Media ciudad seguía empavesada por el Jubileo de la Reina, que había sido a principios de mes, y la otra media tenía colgada la cruz de San Jorge por el Mundial: Inglaterra le acababa de ganar a Argentina con un penal de Beckham y el país andaba de un humor excelente. Una ciudad hermosa es más difícil de aguantar que una fea cuando uno no sabe dónde va a dormir.
La hernia venía conmigo, callada, cobrándome todavía los meses de mover mesas y sillas y cajones de cristalería en el Crowne Plaza. El médico de Leeds había sido claro: trabajos livianos, nada de peso, y a la lista de espera. En Londres la lista sería más larga. No importaba.
Llegué con una maleta mediana, una dirección provisional y el convencimiento de que lo peor ya había pasado. En Londres había trabajo de verdad, y con trabajo de verdad había contrato, y con contrato una dirección a la que Diego pudiera llegar. Los ecuatorianos todavía entraban a este país sin visa. Quedaban diez meses. El plan seguía en pie, entero, y viajaba en esa maleta con todo lo demás que yo tenía.
No había pasado nada.
El hostal quedaba en Elephant and Castle, un barrio que promete un elefante y un castillo y entrega una rotonda, un centro comercial pintado de rosado y un tráfico que no descansa. Estaba en Southwark, que se escribe con south y con work, sur y trabajo, dos palabras que yo sabía decir desde mi primera semana en Leeds, y que juntas no se pronuncian ni sur ni trabajo. Se dice sádak, más o menos. Tardé semanas. Este país llevaba meses avisándome por escrito que nada iba a ser lo que parecía.
La calle olía a aceite de palma, a pollo frito y a la lejía con que alguien intentaba, sin éxito, tapar lo demás. Diez libras la noche. Camarotes. Baño compartido. Carol, la mujer del mostrador, no levantó la vista cuando me dio la llave. Habitación seis. Segundo piso. No hay servicio de despertador. Dijo tres cosas y ninguna fue una pregunta.
Subí las escaleras con la maleta golpeando cada peldaño.
Abrí la puerta.
Había diez hombres en esa habitación. Diez hombres y yo. Seis literas de metal pintadas de blanco, ese blanco institucional de los hospitales y las cárceles y todos los lugares donde nadie está por gusto. Dormían, o fingían dormir, o estaban ahí nomás, con los ojos abiertos, mirando una mancha de humedad en el techo que llevaba años ganándole a la pintura.
Todos eran negros.
Lo escribo así, sin rodeos, porque así lo pensé yo esa tarde y porque la única manera honesta de contar esto es contarlo entero. Soy colombiano. Crecí en Buga, en una familia de clase media alta que se decía liberal, en colegios donde los niños negros llegaban de a uno y llegaban con una tarea que a mí nadie me puso: la de demostrar algo. A la casa de la compañera más rica de mi clase, que era también la más morena, le decíamos el consulado africano. Nos parecía graciosísimo. A ella también le parecía graciosísimo, o eso creíamos nosotros, que es lo que uno cree cuando el chiste no le cuesta nada. Después crecí en Cuenca, una ciudad blanca y orgullosa de serlo.
Nadie me enseñó a odiar. Simplemente nadie me enseñó a no hacerlo, que es exactamente lo mismo.
Puse la maleta debajo de la litera que quedaba libre. Adentro iba todo lo que yo era esa noche: un pasaporte que no me había ganado, un plan que dependía de un hombre a nueve mil kilómetros, y un libro negro de mil doscientas páginas que no podía abrir delante de nadie. La abracé con el pie toda la noche.
No dormí.
A las tres de la mañana, oyendo respirar a esos diez hombres en la oscuridad, cada uno metido en su propio sueño, entendí algo que me avergüenza con una nitidez que no ha bajado en veinticuatro años: yo les tenía miedo. Un miedo sin causa, sin hecho, sin un solo dato que lo sostuviera. Miedo por el pasaporte. Miedo por la maleta. Miedo de un robo que no ocurrió porque nunca iba a ocurrir. Diez hombres que llevaban meses durmiendo en literas de diez libras para mandarle plata a otro continente, y el que se pasó la noche en guardia era yo. Por si acaso.
Los que tenían razones para no dormir eran ellos.
En tres días me iba a llamar el Job CentrePlus con un trabajo. A ninguno de ellos lo iba a llamar nadie. La diferencia entre esos hombres y yo no era el mérito, ni el idioma, ni las ganas, ni el hambre. Era un papel. Un pasaporte que yo no me gané, que no me tocaba por nada que yo hubiera hecho, y que además me lo había dejado, para completar la burla, una inmigrante: una muchacha de Génova que se bajó de un barco en el 36 sin saber decir buenos días.
Ellos habían cruzado lo que yo no tuve que cruzar para llegar a esta misma habitación, a esta misma mancha en el techo, y al otro lado de la puerta no los esperaba ninguna llamada de ninguna oficina. Los esperaban otras ventanillas. Más chicas, con filas más largas y respuestas peores.
Me dormí justo antes del amanecer.
Soñé con los adoquines de Cuenca.