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Bogotá. Aeropuerto El Dorado. Terminal Internacional.

Hay aeropuertos que te reciben y aeropuertos que te devuelven algo. El Dorado esta tarde me devuelve un dolor que creía haber dejado en el equipaje de mano: la imagen de Mayte, Nena y Diego caminando por esta misma terminal durante la Semana Santa pasada, los cuatro con ese entusiasmo de quien todavía cree que ciertos momentos son eternos. Íbamos a Cartagena. Recuerdo el calor anticipado en los cuerpos, las maletas demasiado grandes para tan pocos días, Diego corriendo hacia los mostradores como si el vuelo fuera a dejarlos. Ese viaje quedó guardado en algún lugar del pecho donde guardo las cosas que ya sé que no se repiten.

Ahora estoy solo, esperando el vuelo a Caracas, y la sala de embarque tiene ese rumor particular de la diáspora en movimiento. Reconozco los patrones: las maletas sobredimensionadas y apretadas con cintillas de colores, los rostros con ese semblante específico de quien regresa al mundo que los explotó pero que, a pesar de todo, les dio techo. Son en su mayoría ecuatorianos. Algunos van por primera vez —lo sé por la forma en que miran los tableros de salidas, con esa mezcla de incredulidad y determinación que solo tiene quien aún no sabe lo que cuesta—. Otros regresan al Norte tras una temporada en casa, cargando en las maletas ajenas que ya no les quedan bien el peso específico de lo que dejaron.

Es entre ellos que aparece Lorena.

Cuencana. Cuarenta años que lleva con una dignidad firme en la mandíbula y en la manera de plantarse sobre sus zapatos de plataforma. Tiene una sonrisa tan amplia que parece diseñada para desarmar, y con esa sonrisa se me acerca mientras esperamos en la fila del café como si nos conociéramos de antes, como si en el aeropuerto las reglas del pudor se aflojaran un poco - y quizás sí, quizás los aeropuertos son el único lugar donde la gente dice la verdad sin que nadie se lo haya pedido.

Cuatro años en Marbella, me dice. Ha hecho de todo para poder vivir, y cuando dice todo baja un poco la voz y ensancha la sonrisa y yo entiendo perfectamente, porque hay un todo que se dice con mayúsculas y sin eufemismos y ese es el suyo.

- Ahora nada es gratis, papito - me dice, con un acento que es ya una geografía nueva, serrano y andaluz en la misma frase, el híbrido inevitable de quien lleva años dejándose moldear por una lengua que no es exactamente la suya -. ¿Qué hay que entregárselo por guapo o por amor? No, no. En esta crisis todo cuesta y todo vale. Ja ja ja.

Me río también. Porque tiene razón y porque se le nota la inteligencia detrás de la risa, esa inteligencia práctica y sin lamentaciones de quien aprendió a negociar con el mundo en sus propios términos y no en los que el mundo le propuso. Su cuerpo está muy bien cuidado - ella lo sabe y no lo disimula - y aún tiene, como ella diría sin ningún pudor, armas para subsistir de rato.

Tiene un novio inglés. Posesivo de mierda, lo describe con la misma naturalidad con que describiría el clima. Pero él, me dice con cierto orgullo contenido, no sabe quién es ella. Lo quiere, sí, a su manera, con esa clase de querer imperfecto que se construye sobre la necesidad y la costumbre y algún resto de ternura genuina. Pero ese amor tiene límites precisos y ella los conoce.

Lo que no tiene límites es lo que siente por su hija.

Diez años. Primera comunión la semana pasada. Cuando lo dice la voz se le asienta diferente, como si de pronto toda la ligereza estratégica con que había contado el resto de su vida se depositara en ese único punto fijo: una niña con vestido blanco en Cuenca que le dice mamá por videollamada cada domingo.

- Por ella sí doy todo - dice, y en esta frase el todo ya no necesita mayúsculas ni complicidad. Es otro todo. El único, quizás, que ella considera real.

Se despide con la misma amplitud con que llegó, se ajusta el bolso en el hombro y desaparece entre la gente de la sala. Yo miro el reloj: casi las once. Mi vuelo a Caracas está por salir y yo todavía estoy pensando en el viaje a Cartagena, en Lorena, en todas las formas que tiene la vida de continuar hacia adelante sin pedirnos permiso.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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