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VII. Siete hermanas

A las seis de la mañana el vagón de la línea azul huele a lo que dejó la noche: cerveza agria, humo pegado a la ropa, el perfume de alguien que ya se bajó. Íbamos hacia el norte contra la corriente, nosotros saliendo de la noche mientras los primeros del turno de limpieza entraban a la suya, cruzándonos en los andenes sin mirarnos, la misma gente en fondo, ellos con termos, nosotros con las pupilas todavía grandes. Al final de esa línea, en el corazón de la zona 3, quedaba la casa.
 
La parada era Seven Sisters, que se llama así por siete olmos que alguien plantó hace siglos y que ya nadie ha visto. El nombre le sobrevivió a los árboles. Es lo que pasa con los buenos nombres, y con los buenos barrios: siguen ahí después de que se fue lo que los explicaba. Era el Londres que no sale en las postales porque estaba ocupado sosteniendo a las postales. Ahí dormía la gente que a las siete estaría fregando los pisos de Westminster. Las tiendas vendían harina de maíz y plátano verde y llamadas baratas a nueve husos horarios. Los domingos las iglesias evangélicas soltaban por las ventanas unos coros que a los templos del centro se les habían muerto hacía un siglo.
 
A ese barrio nos mudamos por Raquel, a finales de aquel verano. Un amigo de una amiga, otro maracucho de nombre Oscar, tenía una casa victoriana de tres pisos, escaleras angostas y chimeneas tapiadas con ladrillo, muy parecida a la casa de Justin en Leeds, y le sobraban cuartos y le faltaba con quién llenarlos. Raquel soltó el estudio de Kilburn el mismo mes, feliz de quitarse de encima un alquiler que se le tragaba medio sueldo, y nos fuimos los dos para el norte.
 
En la casa vivíamos cinco. Oscar el maracucho, dueño del contrato. Raquel. El otro Oscar, de Bucaramanga, a quien llamábamos Amparito porque era el mayor de la casa y andaba regio, conservado y mandón como la misma Amparo Grisales. Humberto, de Caracas. Y yo. Los sábados la casa se estiraba hasta reventar: caían Manu, de Barcelona, y Sergio, de un pueblo llamado Pedrosillo el Ralo, cerca de Salamanca, y mi tocayo Andrés, el paisa, que era el único de todos nosotros que se movía por Londres como por su casa, porque de hecho lo era: su familia había llegado pidiendo asilo cuando él tenía siete años, y se había criado ahí. Hablaba inglés de verdad, el único de la manada, y por debajo del inglés le seguía sonando Manizales intacto. Era un inglés apaisado. Una de esas noches de juerga con todos reunidos, Amparito contó mal a propósito y bautizó la casa: las siete hermanas de Seven Sisters, aunque en realidad éramos cinco y las que se nos unían al parche.
 
Éramos, todos, sexiliados. Esa palabra no la leí en ningún lado; la aprendí ahí, en esa casa, durmiendo entre gente que había salido de su país no por hambre sino porque quedarse costaba vivir a media asta. Londres, con su mugre y su alquiler de usurero, cobraba menos que eso.
 
Gary empezó a visitarme ahí. Venía de Manchester algunos fines de semana, se quedaba, y con él aprendí una expresión inglesa que no tenía traducción en ninguno de mis mundos anteriores: no strings attached. Sin ataduras. Un cariño que no venía a cobrarme a nada. Gary me quería bien, me deseaba sin drama y sin compromiso, y yo descubrí con él que eso existía y que no destruía a nadie. En Cuenca me habían enseñado que todo cariño venía con su hipoteca. Fue una educación entera dictada en dos días al mes: que se podía querer sin firmar. A DM, a quien yo le pedía paciencia desde Londres mientras tomaba ese curso, no le conté ni una línea, y me guardé ese silencio con el mismo cuidado con que semanas después iba a reclamarle los suyos. No me pesó entonces. Debería haberme pesado.
 
Y estaba Soho, que los viernes dejaba de ser un barrio y se volvía nuestra república.
 
Empezábamos siempre en el Duke of Wellington, porque toda noche necesita un punto de salida y el mío ya tenía pasado ahí: en ese bar había conocido a Raquel, en ese bar había pedido con las manos frías mi primera pinta londinense. Ahora entraba y el de la barra me saludaba por el nombre, que en una ciudad de ocho millones es una forma de la ciudadanía. Después el Rupert Street, de ventanales a la calle, clientela que vestía por encima de su sueldo sin ninguna culpa. Era el bar de Sergio. Decía que se parecía a los bares de Madrid que él había imaginado de muchacho y que el Madrid real nunca le había enseñado, porque en su pueblo, Pedrosillo el Ralo, a media hora de Salamanca y con más nombre que habitantes, uno se pasaba la vida explicándose y pidiendo perdón por adelantado. Ahí, en cambio, nadie le pedía cuentas de nada, y él pedía su primera copa con una cara que tardé en descifrar y que era, entendí después, la de alguien a quien le acaban de decir que la deuda que arrastró toda la vida no existía.
 
Y el Admiral Duncan, de madera oscura y una placa clavada junto a la puerta. Un viernes de abril de 1999, tres años antes de que yo pusiera un pie en Londres, un hombre entró a ese bar lleno y dejó un bolso. Adentro llevaba clavos y explosivo, y él sabía a quién se lo estaba dejando: eligió el bar por lo que era y por quiénes lo llenaban. Andrea Dykes murió esa tarde. John Light y Nik Moore también. Yo leía los tres nombres cada vez que entraba, y no era un gesto solemne, era una costumbre, como persignarse al pasar frente a una iglesia, que es lo que hacía mi abuela y lo que yo había dejado de hacer. Una noche Manu levantó su pinta de Foster's hacia la placa y dijo que brindar ahí era brindar con ellos, y a partir de esa noche lo hicimos siempre, y nunca lo comentamos, porque ciertas cosas se gastan si se comentan.
 
Las noches grandes eran dos, y no eran la misma, y en esa diferencia cabe casi todo lo que aprendí ese año.
 
El viernes tocaba el Astoria, en Charing Cross Road, un teatro de los años veinte por cuyas tablas habían pasado los Clash, y que los viernes se transfiguraba en la casa de una fiesta llamada, sin que a nadie se le moviera un músculo de la cara al decirlo, la noche Gi-Ei-Guay, deletreada así, G-A-Y. Íbamos temprano, por las dos libras. Esa era la cifra exacta de la entrada antes de medianoche, con el volante que repartían por los bares de Soho, y para nosotros, que hacíamos cuentas de moneda, dos libras eran la frontera entre entrar y quedarse mirando la puerta desde la acera. Pasada la medianoche, cuando el sitio empezaba a ponerse bueno, la entrada subía a diez, un dineral para nuestros sueldos de proletario. Por eso llegábamos con la fila todavía corta, aunque a las once ya doblaba la esquina. Ponerse en esa fila era decir en voz alta algo que casi ninguno de los que estábamos ahí decía en voz alta en ningún otro sitio.
 
Adentro, cada uno se volvía la versión de sí mismo que no cabía en el día. Manu se desvanecía en los primeros diez minutos y volvía a existir cuando encendían las luces. Mi tocayo tenía a media sala saludándolo antes de la primera hora. Humberto bebía con una concentración de relojero, que era su modo de estar completamente adentro de una noche. Sergio bailaba con la torpeza feroz del que llevó el cuerpo amarrado veinte años y lo está desamarrando delante de gente, un nudo por canción. Yo los miraba y me daba cuenta de que estaba viendo a mis amigos, sin más, sin la parte de mí que en toda mi vida anterior se había quedado siempre afuera vigilando la puerta.
 
Pero el mío no era el viernes. El mío era el sábado.
 
El sábado íbamos a Exilio. Existía desde 1996, y había nacido debajo de un paso elevado, en un bingo destartalado de Latimer Road, porque los maricas latinos de Londres también habían tenido que inventarse un techo a mano cuando no había ninguno. En Exilio no sonaba nada en inglés. Sonaba salsa. Sonaba merengue. Sonaba la música con la que yo había aprendido a caminar, en Colombia, antes que a hablar.
 
Y fue ahí, un sábado cualquiera, con veintiocho años cumplidos, donde bailé por primera vez en mi vida salsa con un hombre.
 
Cuesta explicar lo que eso contiene para alguien que no cargó lo que yo cargaba. Yo sabía bailar. Al venir del Valle, en Cuenca tenía la fama de saber bailar como los caleños. La verdad, nunca me gustó hacerlo en Buga, era muy torpe y mis amigas desistían de enseñarme. Pero una vez en Cuenca, la torpeza, por razones que ahora entiendo, se me quitó o me la quité a la fuerza, y me volví muy popular en las fiestas, guiando a las muchachas más lindas de la universidad, luciéndome, marcando el paso con la seguridad del que se sabe mirado y aprobado. El cuerpo tenía la salsa metida en los huesos desde antes de la memoria. Lo que el cuerpo no había hecho nunca, lo que a ese cuerpo no le habían dejado hacer jamás, era bailar sin que el baile fuera un examen. Veintiocho años bailando para demostrar algo. Esa noche, en ese sótano de exiliados, con la mano de otro hombre en la espalda y ninguna cámara en la cabeza vigilándome, bailé por primera vez sin estar rindiendo cuenta a nadie. A media canción se me aguó la vista, y lo entendí ahí mismo: había sabido los pasos toda la vida y nunca había bailado. Nadie en esa pista me preguntó por qué. En Exilio eso no se preguntaba, simplemente se sabía.
 
De Exilio, igual que del Astoria, se salía con el día ya puesto. Siempre con el día puesto.
 
Al Astoria lo tumbaron en 2009 para hacer una estación. Hoy hay una boca de metro donde estaba la fila de las dos libras, y cada vez que vuelvo a Londres bajo por esas escaleras mecánicas nuevas y me quedo un segundo de más en el sitio exacto donde doblaba la cola, estorbándole el paso a gente que va al trabajo y que no tiene por qué saber que está pisando el vestíbulo de un teatro donde una vez, muchos, aprendimos a existir.
 
A DM le escribía de todo esto lo que se dejaba escribir, que no era todo. Él contestaba desde Missouri, unas veces entusiasmado, otras con una frustración que rondaba las frases sin atreverse a entrar en ellas. En Cuenca los dos habíamos creído que esta vida solo existía en las revistas, la Europa que aprobaba matrimonios igualitarios un país tras otro, los holandeses abriendo la fila. Y ahora yo le escribía desde adentro de la revista, jurándole que había sitio para dos. Se lo juraba de verdad. Lo que no me preguntaba, esas noches, era si el sitio que yo estaba encontrando tenía de verdad forma de dos, o si ya había empezado, sin darme cuenta, a tener la forma exacta de uno solo.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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