de lo divino y lo humano, y lo que no es tanto
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El avión despegó sobre Guayaquil cuando el sol todavía estaba decidiendo si valía la pena salir.
Desde la ventanilla yo podía ver la ciudad extenderse hacia el río, esa ciudad plana y caliente que nunca fue la mía del todo pero que me había dado cosas que Cuenca, mi ciudad de verdad, la ciudad de la sierra donde viví siete años, no podía darme de la misma manera. Abajo, en algún punto de esa geografía que se iba volviendo abstracta mientras el avión ganaba altura, estaban mis hermanos Juan y Diego.
Estaba María Eugenia. Estaba la noche anterior, que había sido todo una mezcla de emoción y tristeza, y esta mañana que era solamente tristeza y mudez.
Mis amigos me habían dado cartas para leer durante el vuelo.
No me atreví a abrirlas.
Ya había llorado demasiado y no quería que mis ojos se llenaran con las últimas imágenes de Ecuador, el Chimborazo asomándose entre las nubes con esa indiferencia majestuosa que tienen las montañas ante las decisiones humanas.
Me voy del Ecuador, escribí en el cuaderno que llevaba sobre la rodilla. Mi país, el país que mejor me ha tratado. El país donde dejo tantos recuerdos, algunos tan hermosos y tan intensos que me cambiaron para siempre. Juro que volveré algún día, pues la tierra nunca deja de llamar.
Lo juro todavía.
A mi derecha, una mujer joven hablaba con su madre sobre el paisaje que estaban viendo a través de la ventanilla. La madre estaba confundida, no sabía si lo que veía eran nevados o simplemente nubes.
Es el Chimborazo, intervine, como siempre metiéndome en lo que no me importa.
La madre me miró. La hija me miró. Coincidimos en lo inigualable del paisaje y en las maravillas que Dios creó para que pudiéramos admirarlas. Eso nos bastó para presentarnos. Se llamaban Genoveva y Virginia. Venían de Cuenca. Qué casualidad, yo viví ahí siete años. Virginia no hablaba ni jota de español, y ahí me di cuenta de que mi inglés de churuco no iba a servirme de mucho en Inglaterra. Sin embargo logramos entendernos.
El avión siguió subiendo.
El Chimborazo desapareció entre las nubes.
Empezó la aventura.