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Se acabó la luna de miel

Leeds, septiembre de 2001.

 

Ya se veía venir.

 

Una casa pequeña. Cuatro personas. Cada una distinta e igual al mismo tiempo. Y de pronto llega un perfecto desconocido para la mayoría a apropiarse de la sala, el único sitio junto a la cocina donde uno puede desestresarse viendo televisión y tomando una cerveza. Ahora ya no es lo mismo porque en esa sala duermo yo, y cuando vengo rendido del hotel luego de una dichosa boda, siempre el fin de semana, puedo notar lo frustrante de dejar la sala para el resto, así yo pueda dormir y madrugar para el sábado.

 

Debe ser muy incómodo para los demás. Lo sé.

 

Fuera más sencillo si los que tienen problemas por mi presencia en casa de Justin hablaran conmigo directamente. Pero no es así. Hablan con Justin. Y vaya que debe ser una situación comprometedora para él. El asunto es que a algunos les molesta que viva en la casa sin pagar una renta real. Andrés ya tiene trabajo... ¿Por qué no paga una renta de verdad? Eso me suena a más bien: ¿Por qué no se busca un cuarto en otro lugar?

 

Joss es la más inquisidora en ese aspecto. Conmigo es un ángel, pero no me gusta que hable a mis espaldas. Andrés no limpia bien los platos. Andrés desordena mucho la sala. Todas las quejas a Papi Justin, y Papi Justin también se está cansando de esa situación. Creo que eso influyó mucho en su decisión de comprarse un nuevo apto —además de que es parte de su sueño comprar por lo menos cinco casas para vivir de sus rentas en América Latina.

 

La opción es mudarme con Justin, pero pagar renta del apto con él, lo cual es muy improbable. Ocupar su cuarto cuando él no esté y pagar renta por él. O simplemente buscar una tercera opción en otro barrio de la ciudad.

 

No sé.

 

La otra noche Justin me dijo: Bueno... es seguro que compre el Apto... ¿Tú qué vas a hacer, Andrés?

 

Sonó duro y seco, como toda verdad.

 

¿Qué voy a hacer? Es cierto que ya tengo un trabajo, pero para el nivel de vida británico es un trabajo cuyo sueldo no es muy prometedor si se quiere vivir de él. Mi sueño de ahorrar para pagar las deudas y estudiar algún día un postgrado queda postpuesto —no sé cuánto tiempo más. Cada uno tiene su vida, cada uno tiene sus metas y ambiciones. No es Inglaterra ni es Europa. Es la mentalidad de todo ser viviente. Así que, si me toca ir a otro lado a pesar de dejar tantos beneficios, pues debo hacerlo.

 

Con mi primer sueldo, habíamos acordado pagar una renta simbólica por la sala, para los gastos de casa, lo cual me daría un poco más de derecho a dormir ahí y no sentirme como un parásito. Aunque en la práctica lo veo complicado. La sala seguirá desordenada y yo no tendré el valor de decirles: chucha, quiero dormir, mañana domingo trabajo y debo madrugar. Porque con renta simbólica o sin renta simbólica seguiré ocupando la sala que es de todo el mundo.

 

Así fue como terminó agosto. Nuevamente con nubarrones negros en mi mente y con la misma tristeza en mi corazón.

 

 

Septiembre viene con el cambio de clima y con incertidumbre.

 

La ciudad también cambia. No solo la temperatura, algo en el ritmo de Leeds se asienta diferente cuando el verano se retira. Los parques dejan de llenarse al mediodía. Los uniformes vuelven a marchar sin pausa. El sol, cuando aparece, ya no tiene ese carácter generoso de junio, julio y agosto sino algo más provisional, como quien sabe que no puede quedarse.

 

¿Qué tengo para ofrecer? Solo mi español, que es perfecto. Para lo demás sigo siendo deficiente: en experiencia, en idioma, en hacer nuevos amigos. Ya me negaron una aplicación en una universidad para enseñar español y fue frustrante porque es lo único que podría hacer a la perfección. ¿Qué más puedo hacer además de mover sillas, mesas y servir té aprobado por Su Majestad la Reina Elizabeth II en el hotel Crowne Plaza? Para empeorar el panorama, el Job Centre está limitando las plazas de trabajo, hay cada vez menos empleadores y muchos más desempleados haciendo fila.

 

Andrés Aluma a Inglaterra llegó, y con él la recesión empezó.

 

Lo escribo así, con esa ironía que a veces es el único escudo disponible. Las transacciones de tarjeta de crédito aumentaron un 50% ese año —la gente sigue gastando, pero con deuda, no con efectivo. El primer campanazo de alerta. En América Latina sabemos que estamos en recesión cuando las ventas bajan sustancialmente; acá el cambio se nota cuando los consumidores compran más a crédito que antes.

 

(¿No pasó algo parecido en Ecuador?)

 

 

Y entonces llegó el martes 11 de septiembre.

 

Estaba en la cocina del Crowne Plaza preparando el coffee break de las nueve —las 80 tazas, las 80 cucharas, el té en pirámide— para una empresa americana que ese día utilizaba nuestros salones para un entrenamiento de personal, cuando Kathryn entró.

 

Esta vez no estaba con su cara de día difícil. Tenía otro semblante que no le había visto antes, algo entre la satisfacción y la solemnidad, como quien trae una noticia que le produce sentimientos contradictorios y no se molesta en ocultarlos.

 

—Have you ever been to New York? —me dijo.

 

—No.

 

Hizo una pausa breve y calculada.

 

—Sad. It is gone.

 

Y se fue.

 

Me quedé con las tazas en la mano sin entender exactamente qué acababa de ocurrir. No era que no entendiese la noticia, las palabras eran claras. Lo que no entendía era el tono. Esa manera de entregar algo que sonaba tan devastador con la tranquilidad de alguien que comenta el clima.

 

Los pasillos del Crowne Plaza se llenaron en cuestión de minutos. Todo el personal —cocina, recepción, housekeeping, banquetes— frente a los televisores del área de convenciones. Nadie había convocado a nadie. Simplemente todos estaban ahí, siguiendo de repente un protocolo tácito para cuando el mundo cambia de dirección.

 

Vi la segunda torre.

 

Vi el avión.

 

Vi lo que siguió.

 

Hay cosas que el cerebro recibe, pero no procesa en tiempo real, las guarda en algún lugar provisional y las entrega después, cuando el organismo ha tenido tiempo de prepararse para recibirlas. Estuve de pie frente a ese televisor sin saber exactamente lo que sentía, escuchando los comentarios a mi alrededor. La incredulidad de la mayoría. Y también otras voces, más bajas pero audibles:

 

—Well. The United States never experienced a bombing in their mainland. We did, in London, during the Second World War. Perhaps now they'll understand.

 

No respondí. No tenía respuesta. Solo tenía la imagen en el televisor y el coffee break sin terminar detrás de mí y los empleados de la empresa americana —algunos impávidos, otros histéricos, llamando a familiares y conocidos en Estados Unidos con los teléfonos pegados a la oreja— y la certeza de que algo había cambiado de una manera que todavía nadie podía calcular.

 

El evento se canceló. Y no solo el evento.

 

El hotel cerró. Todos los huéspedes hicieron check out forzado —quizás por ser uno de los edificios más altos de Leeds, la orden era evacuar toda edificación alta. En pocas horas el Crowne Plaza —ese organismo que nunca paraba, que tenía siempre algún evento en algún salón, alguna boda en preparación, algún bufete de abogados esperando sus manteles— quedó en silencio.

 

Nos mandaron a casa a las cuatro de la tarde.

 

Por primera vez desde que empecé a trabajar ahí, salí antes del anochecer con luz de día todavía en el cielo. Caminé hacia el centro de Leeds. Los televisores de las vitrinas, los bares, los pubs; toda la ciudad paralizada mirando las mismas imágenes que se repetían en cada pantalla. La gente en la calle con esa expresión que tienen las personas cuando acaban de enterarse de algo que todavía no cabe en ninguna categoría disponible.

 

Llegué a Bentley Grove. Me senté en el sofá —el sofá de la sala de todos— junto a mis roommates, que como yo estaban mudos viendo las noticias de lo que pasaba al otro lado del Atlántico.

 

Nadie dijo nada durante un rato largo.

 

Hay silencios que no necesitan llenarse.

 

 

En los días que siguieron, mientras Leeds volvía a su ritmo y el mundo intentaba entender lo que había ocurrido, yo empecé a hacer cuentas.

 

El diagnóstico llegó a finales de septiembre. El médico del NHS —el mismo centro de salud del vecindario donde la Dra. Hartford me había dicho que había traído el sol conmigo— me explicó lo que el cuerpo había estado avisando desde la boda de los sordomudos. Hernia inguinal. Ese tirón en la ingle que ignoré una madrugada de finales de agosto mientras acomodaba las últimas sillas tenía nombre, y el nombre tenía consecuencias: operación, o ignorarla tanto como el cuerpo lo permitiera.

 

Decidí hacer lo segundo, seguí trabajando. Necesitaba el dinero. Pero empecé a buscar desde Leeds en los Job Centres de Londres —empleos que no requirieran cargar mesas de banquete para cien personas, que no implicaran armar y desarmar rompecabezas de pista de baile a las dos de la mañana, que le dieran al cuerpo algo más parecido a una oportunidad.

 

Londres tenía más opciones. Eso era cierto en términos laborales. Pero había otra razón —que el diario de esos días no nombra porque el narrador de veintitantos años no sabía todavía cómo nombrarla: Londres tenía la posibilidad de una comunidad real. Un lugar donde podía orientarme, donde podía ser lo que era sin que fuera una novedad ni un secreto ni una conversación pendiente. En Leeds había encontrado a los amigos de la casa de Justin, a Frank y a las hermanas Luna y a Patrick y al equipo de trabajo que gozó al unísono en la boda de los sordomudos. Había encontrado más de lo que esperaba. Pero seguía siendo el único.

 

Esa necesidad me la confirmó la llamada de DM.

 

Había pasado semanas sin llamar —yo había pasado semanas sin insistir, en parte por el cargo de conciencia del Corn Exchange que seguía sin pisar desde mi cumpleaños. Pero llamó. Y lo que me dijo volvió a reacomodar el mapa de todo lo que había estado construyendo.

 

No aguantaba más vivir en el armario en Missouri. Su hermana no sabía. Sus compañeros de trabajo no sabían. La vida que había dejado en Cuenca —la nuestra, la que existía solo cuando no había nadie mirando— se le hacía cada vez más inalcanzable desde esa casa donde era simplemente el hermano menor que había venido del Ecuador a probar suerte.

 

Quería venir.

 

Y todavía podía. En septiembre de 2001, después del 11-S, los ecuatorianos podían entrar al Reino Unido sin visa de turista. La ventana no se había cerrado ese martes —se cerraría después, en abril de 2003, cuando la Unión Europea añadió a Ecuador a la lista de países que requerían visa por razones de inmigración ilegal. Pero en ese otoño de Leeds, el plan que habíamos construido en Cuenca todavía era posible en papel.

 

Lo que había cambiado no era la ley.

 

Era el tono de su voz.

 

No era el mismo DM de Cuenca. No era el mismo DM que había despedido en Guayaquil con nuestras respectivas novias a nuestro lado y el plan susurrado entre los dos. Era alguien que llevaba meses en un armario nuevo, en otro continente, y que había descubierto que los armarios no cambian de tamaño por el simple hecho de cambiar de país.

 

Colgué el teléfono con la certeza de que había que moverse. No porque el plan fuera perfecto —nunca lo había sido. Sino porque quedarse quieto ya no era una opción.

 

 

Le dije a Justin que me iba a Londres.

 

No hubo una conversación larga. Justin escuchó con esa paciencia suya de quien ya sabe la respuesta y espera que el otro llegue a ella. Cuando terminé de explicar —la hernia, el trabajo, DM, la comunidad, las razones— se quedó un momento en silencio.

 

—I know, dijo.

 

Nada más. Dos palabras que en Justin equivalían a un discurso. Él sabía. Siempre había sabido. El plan de traer a DM, la orientación sexual que nunca habíamos nombrado directamente en Bentley Grove, la razón real detrás de la razón oficial, todo lo que yo había dicho y no dicho desde julio, Justin lo había recibido y guardado con esa discreción de los amigos que entienden que algunas cosas necesitan su tiempo para ser dichas en voz alta.

 

Lo que sí dijo, antes de que me fuera, fue esto:

 

—You're leaving Leeds for London. But you're really leaving Leeds for him.

 

Creo que más que como un reproche, lo dijo como una observación. Como alguien que ha visto el mapa completo y quiere asegurarse de que el que se va también lo ha visto.

 

Tenía razón. Y yo lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía.

 

 

Leeds me había dado el primer trabajo europeo y el primer sueldo con mi nombre impreso. Me había dado el primer cuerpo en Inglaterra al que decir sí en un baño de azulejos fríos. Me había dado a Gary, la experiencia de Manchester, y un nombre que llevaba años sin pronunciar en voz alta. Me había dado a Frank, que en 2021 me pediría que fuera el padrino de su hija. Me había dado las hermanas Luna y sus sábanas robadas y a David Bisbal a las cuatro de la mañana. Me había dado a Patrick metiéndome en una nevera industrial para explicarme el invierno. Me había dado la boda de los sordomudos y su celebración en una frecuencia que el resto del mundo no sintonizaba. Me había dado a Justin, que desde el principio supo más de lo que yo le había dicho y nunca lo usó en mi contra.

 

Me había quitado la ingenuidad del recién llegado que cree que llegar es suficiente. Me había quitado la certeza de que el plan —cualquier plan— sobrevive al contacto con la realidad. Me había quitado la ilusión de que el deseo y el amor van necesariamente al mismo destino. Y me había dejado con el diagnóstico escrito en un papel del NHS, una hernia inguinal que necesitaría operación, y la certeza de que Leeds ya no me podía dar más.

 

 

¿Por qué será que aún tengo este dolor de cabeza en mi corazón?

 

Lo escribí en el cuaderno, con una nube negra dibujada debajo y el ¡NO ME VOY A DEJAR VENCER! en mayúsculas debajo de la nube. Lo escribí antes del 11-S, antes del diagnóstico, antes de la llamada de DM, antes de la conversación con Justin.

 

Lo escribí sin saber todavía que la respuesta a esa pregunta era también el nombre del siguiente capítulo de mi vida.

 

Londres.

 

— Fin de la Parte II —

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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