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14 - Agosto, o lo que el cuerpo sabe

Leeds, agosto de 2001.

 

Agosto llegó y algo lo supo antes que la cabeza.

 

No sé explicarlo de otra manera. Era la misma rutina que estaba empezando a construir, la misma casa, las mismas calles entre Bentley Grove y el Crowne Plaza. Pero había algo diferente en la manera de ocupar ese espacio —una especie de atención nueva, como si los sentidos hubieran decidido por su cuenta que era hora de estar más despiertos. Como si agosto fuera un umbral y algo en mí lo supiera, aunque la mente todavía no lo hubiera procesado del todo.

 

Había también una contradicción que cargaba sin nombrarla todavía: un plan construido sobre el amor a DM, y algo que ese mes empezó a decirme en voz baja que el amor y el deseo no siempre van al mismo lugar. No como traición. Como descubrimiento. Como la diferencia entre lo que el corazón promete y lo que el cuerpo, callado y paciente, lleva años sabiendo.

 

Inglaterra con sol es otro país. Eso también.

 

La Dra. Hartford me lo confirmó sin proponérselo el jueves 2 de agosto, cuando fui al centro de salud del vecindario a registrarme en el NHS. Formulario, muestra de orina, las preguntas de costumbre. Cuando le dije que venía de Suramérica sonrió con esa calidez de quien ha decidido que hoy es un buen día.

 

—Oh, you brought us the sun with you. Thank a lot. English love the sun.

 

Y de verdad que es así. Los noticieros llevan días cubriendo el calor como si fuera noticia de primera página —que aquí lo es. Las temperaturas del mar llegaron a los mismos niveles de las playas hawaianas, dicen con el asombro de quienes saben que eso no debería ocurrir en estas islas. Las playas están atestadas de cuerpos pálidos en busca de algo de color. La gente del interior hace barbacoas, juega fútbol, toma cerveza, y todo es esa felicidad inglesa que sabe que dura lo que dura y hay que tomarla entera antes de que se vaya. Entre semana la ciudad es de uniformes marchando hacia el trabajo. Pero al mediodía, si el sol da, los parques se llenan de gente que se quita las chaquetas, las tiende sobre la grama, come su sándwich o toma su té con la urgencia de quien sabe que en pocas semanas vendrá el otoño y no podrá hacer esto hasta dentro de un año.

 

Hay algo en esa urgencia que entiendo profundamente. La conciencia de que lo bueno no dura y hay que estar presente cuando está.

 

El domingo 5 de agosto Justin me llevó a conocer York.

 

No estaba preparado para York.

 

Tiene más de mil años de historia —vikingos, romanos, ingleses medievales, todos en capas sobre la misma piedra obstinada. Es la ciudad más medieval que he visto: calles estrechas y empedradas, casas antiquísimas pegadas la una a la otra como si el tiempo no hubiera tenido mucha prisa aquí. Subimos a la torre de la catedral y desde ahí se ve toda la ciudad extendida —los tejados, las murallas, la historia acumulada. York está rodeada de murallas y dentro del centro histórico aún se ven ruinas de castillos y edificaciones romanas, vikingas, inglesas. Todo junto y todo encima.

 

Con Justin fuimos a un Tea Room que funciona desde hace más de quinientos años. Ordenamos el High Tea —dos jarras de té por cabeza, sándwiches de jamón y queso, ensalada, scones con mermelada y crema de leche, torta de chocolate y de almendras— y nunca imaginamos que comeríamos tanto por siete libras. Terminamos llenísimos y Justin, siendo Justin, se levantó a intercambiar números de teléfono con la mesera.

 

Tuve la oportunidad de ver un desfile militar en homenaje a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Ancianos que alguna vez pelearon contra los nazis marchando por las calles de York, algunos tan viejos que era imposible creer que lo hacían marcialmente. Los miré desfilar y pensé en lo que cabe en una sola vida —lo que hay entre el joven que marcha a la guerra y el anciano que marcha en su memoria.

 

Pensé en Nydia. Solo un instante. En lo que le dijo a mi nonna semanas antes de que yo saliera de Cuenca. Su hijo va donde alguien que lo estima y lo quiere mucho, no es un familiar, pero lo considera como a su hermano. Justin caminando a mi lado entre las murallas, señalando edificios, inventando historias sobre los vikingos con esa energía suya de quien nunca aprendió a estar quieto del todo.

 

La bruja no se equivocó.

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Agosto 14, 2001.

 

♪ Happy Birthday to me... happy birthday to me ♪

 

Mi cumpleaños me cogió en mi trabajo y mi trabajo me cogió desprevenido.

 

Kathryn regresó de sus vacaciones ese día y asumió que yo ya estaba listo para encargarme de mis labores solo. Preparé el coffee break, llevé las tazas, preparé el té, alisté los salones para las reuniones de negocios. El día común y corriente que merecía un martes de agosto.

 

Hasta que se hospedó el equipo australiano de rugby.

 

Nadie lo esperaba. El hotel entró en esa urgencia organizada que solo ocurre cuando llega alguien importante sin aviso: salones para rueda de prensa, reunión privada entre entrenador y jugadores, corre corre hasta la noche. A las 7 PM había una reunión de un bufet de abogados en el salón Kirkstall y minutos antes lo había ocupado el equipo dejando el sitio patas arriba. Me agarraron los abogados aún tendiendo los manteles, los cuales no lograron alcanzar los altos niveles de calidad que caracterizan al Crowne Plaza Hotel. Fue un desastre.

 

Pero antes del desastre estaba la fisioterapia.

 

En uno de los salones, parte del equipo recibía tratamiento mientras esperaba la rueda de prensa. A mí me tocó llevar la estación de té. Abrí la puerta con la bandeja en las manos y lo vi.

 

Estaba boca abajo en la camilla.

 

El fisioterapeuta trabajaba los isquiotibiales con presión metódica mientras él tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos a los costados, completamente entregado al proceso con esa confianza de quien ha pasado suficientes horas sobre una camilla para no pensar en ello. Tenía las piernas largas, desnudas hasta el muslo —bronceadas con esa calidez de quien juega al aire libre bajo un sol más generoso que el inglés. Los shorts subidos hasta donde la terapia lo requería. Las nalgas firmes bajo la tela, marcadas con esa contundencia específica que dan años de sprints y placajes —esa arquitectura del cuerpo atlético que no se construye en un gimnasio sino en el campo, con el peso real del juego.

 

Puse la bandeja en la mesa lateral.

 

Él giró la cabeza.

 

Sus ojos eran claros. Me miraron directamente, sin el menor esfuerzo de disimulo, con esa calma de quien está completamente cómodo en lo que es y no ve ninguna razón para ocultarlo.

 

Reorganicé tazas que no necesitaban reorganizarse.

 

Él siguió mirando.

 

El fisioterapeuta le pidió que se girara. Lo hizo despacio —un movimiento fluido, controlado, el cuerpo girando sobre la camilla con esa gracia involuntaria de los atletas que no saben que son graciosos porque nunca necesitaron saberlo. El short cayó de determinada manera. Vi lo que vi. Aparté la mirada un segundo demasiado tarde para que fuera inocente, y cuando volví a mirarlo a la cara él tenía una sonrisa apenas esbozada —no de triunfo, sino de reconocimiento. La sonrisa de alguien que ha sido mirado así antes y encuentra completamente razonable ser mirado así ahora, por mí, en este salón del Crowne Plaza en un martes de agosto.

 

Salí del salón.

 

El resto de la jornada ocurrió en algún lugar detrás de mí mientras yo estaba en otro sitio, volviendo siempre al mismo punto: esos ojos claros, esa sonrisa de medio segundo, ese short cayendo de esa manera. Los abogados, los manteles, el desastre del salón Kirkstall. Todo pasó. Yo no estaba del todo ahí.

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Esa madrugada terminó el turno. Eran las seis de la mañana y afuera Leeds empezaba a despertarse. Me había pasado la noche entera de pie con ese estado de alerta sostenida que produce el deseo cuando no tiene a dónde ir. Quedaba ese cansancio acumulado que ya no pesa sino que zumba, ese estado extraño donde se está exhausto y completamente despierto al mismo tiempo.

 

Fui al Pret.

 

El Pret à Manger de Lands Lane, a dos cuadras del hotel. Una cadena de sándwiches y cafés que en 2001 era ya parte del paisaje urbano de las ciudades inglesas —el lugar donde los trabajadores de oficina recogen su almuerzo en bolsas de papel reciclado, donde el café americano cuesta lo que cuesta y el sándwich de huevo y pimientos lleva el nombre del ingrediente impreso en la etiqueta con esa honestidad minimalista que los ingleses aplican a la comida rápida con mejor resultado que nadie. Lo había convertido en ritual sin proponérmelo: de camino al trabajo, a veces de vuelta, a veces los dos. Una constante en esas semanas de horarios sin lógica.

 

Y siempre el mismo chico detrás del mostrador.

 

No sé cómo se llamaba. Nunca se lo pregunté. Tenía el pelo oscuro, corto, los ojos que no miraban hacia abajo cuando debían mirar hacia abajo. Llevábamos semanas en ese juego —porque era un juego, los dos lo sabíamos, con sus reglas tácitas y sus tiempos no negociados: yo alargaba el desayuno más allá de lo que cualquier desayuno justificaba, él pedía su break justo cuando yo seguía ahí. Una promesa suspendida en el aire que olía a café y pan recién horneado y a algo más que el café y el pan.

 

Esa mañana lo vi ir hacia el fondo del local.

 

Me miró antes de doblar la esquina.

 

Solo eso. Una mirada de medio segundo.

 

Pero después de un jugador de rugby australiano en una camilla de fisioterapia, yo ya no estaba en condiciones de ignorar las miradas de medio segundo.

 

Me levanté.

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El Corn Exchange está a tres minutos del Pret a pie. Lo había dibujado en el cuaderno semanas antes como atracción arquitectónica —la cúpula elíptica de hierro y vidrio construida en 1864, el corazón comercial de Leeds convertido en tiendas y cafeterías. Un edificio que había visto cambiar el mundo varias veces desde su cúpula y que guardaba, en sus niveles inferiores, otra clase de historia. Una de esas que las ciudades construyen sin anunciarlo, donde ciertas cosas ocurren en silencio entre personas que no se conocen y no necesitan conocerse.

 

Entré.

 

El baño era frío. Azulejos blancos gastados por el tiempo, el eco que amplifica cada paso, cada sonido mínimo. Ese olor a desinfectante y a algo más antiguo, más humano que el desinfectante.

 

Él ya estaba.

 

Nos miramos en el espejo. Sus ojos. Los míos. Un segundo. Dos. El espejo como distancia segura, como ese centímetro de aire que hay antes de que algo irreversible ocurra.

 

Después se giró.

 

No dijo nada.

 

No hacía falta.

 

Me acerqué.

 

Había nervios —ese temblor interno que no es frío sino anticipación pura, el cuerpo preparándose para algo que lleva años esperando. Estaba cruzando una línea. Lo sabía. La había visto desde lejos durante mucho tiempo y ahora estaba aquí, a un paso, y el paso era pequeño y enorme al mismo tiempo y lo di de todas formas.

 

Sus manos encontraron mi cintura primero. Firmes. Directas. Sin el menor titubeo —la clase de manos que saben lo que quieren y no pierden tiempo en disculpas. Me acerqué más. Él olía a jabón y a café y a la mañana de alguien que lleva horas trabajando, y ese olor, ese olor completamente ordinario, fue lo que me terminó de quitar el aire.

 

La respiración se volvió compartida.

 

El roce que dejó de ser accidental.

 

Lo que pasó después ocurrió con esa urgencia que no tiene nombre pero que el cuerpo reconoce desde siempre —desde antes del cuaderno, desde antes de Cuenca, desde antes de todo lo que había decidido no ser. No fue el amor. No fue la ternura. Fue algo más primario y más honesto que todo eso: el deseo finalmente reconociéndose en otro cuerpo, sin historia, sin futuro, sin el peso de lo que se debe o no se debe. Sus manos. El calor. La proximidad que ya no era distancia.

 

Fue una válvula que se abre.

 

No hubo palabras. No hubo nombres. No hubo promesas.

 

Y luego, con la misma rapidez con que había empezado, la dispersión. Él primero. Yo después, con los segundos de espera que el protocolo tácito de esos lugares exige.

 

Salir del Corn Exchange no fue lo mismo que entrar.

 

Afuera Leeds era exactamente la misma —la mañana, la gente camino al trabajo, el sol de agosto prometiendo otro día bueno. Nada había cambiado afuera. Solo yo, que había cruzado algo que ya no podía descruzar. Y debajo del alivio —porque era alivio, innegablemente— había otra cosa. No culpa exactamente. Más bien el peso de saber que acababa de darle al cuerpo algo que el corazón tenía prometido para alguien que estaba en Missouri esperando, con sus ojos de gato de un verde que yo no había visto en semanas.

 

Caminé despacio de vuelta a Bentley Grove con ese estado de quien acaba de mover un mueble pesado y la habitación todavía no sabe qué forma tiene. Leeds a las siete de la mañana de un martes de agosto. La gente yendo al trabajo. Yo entre ellos, invisible, cargando algo que no sabía todavía si era culpa o libertad o las dos cosas juntas, que es probablemente lo que siempre son.

 

Llegué a casa y no había nadie.

 

Justin en Northampton por cursos del trabajo.  Josselyn en Londres. Revisé mis e-mails. Al rato llegaron Andy y Steve, abrimos una botella de vino y brindamos por mis 27.

 

Justin había dejado una tarjeta de Happy B-day escondida en su cuarto que Steve tuvo que buscar por mí. Andy me regaló una camiseta de su equipo idolatrado —el Manchester United— que considero un tesoro. Se portaron muy bien, especialmente Steve, que tomó la iniciativa. Justin y Joss también llamaron.

 

En la noche hablé con María Eugenia, con mis papás, con Ángela desde España, con Anne Marie desde Noruega.

 

Yo me sentí un poco nostálgico.

 

El miércoles me felicitaron en el trabajo por el cumpleaños y si la cagué el día anterior no me dijeron nada, a lo mejor por ese motivo. El gerente me mandó un cupón de diez libras para Boots, la cadena de farmacias más grade del país.

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DM llegó a Missouri.

 

Por fin pude saber de él. Me llamó desde la casa de su hermana y reconocí su voz aunque la línea transatlántica la filtrara, le quitara matices, la entregara con ese ligero retardo que tiene el sonido cuando cruza un océano. Llevaba días esperando esa llamada. Y sin embargo, cuando llegó, lo noté diferente. Ausente.

 

Le conté el cúmulo de experiencias que Inglaterra estaba brindando. La certeza de estar en el lado correcto de la historia —de nuestra historia, la que habíamos fantaseado en los años de Cuenca y que ahora estaba a punto de hacerse realidad. Pero el tono de su voz al otro lado del auricular no compartía la excitación de mi momento. Fue cuando lo entendí.

 

Vivir con su hermana mayor significaba volver a un closet que nos habíamos prometido dejar atrás. Ella no sabía nada. En esa casa de Missouri, DM era simplemente su hermano que había venido a probar suerte, a ser lo que las hermanas mayores esperan que los hermanos menores sean.

 

El plan era esto: él en Missouri, trabajando en algún restaurante, viviendo con su hermana, sin pagar renta, ahorrando todo lo que pudiera. Yo en Inglaterra, construyendo camino, tramitando los papeles. 2002 era el horizonte. Londres era el destino.

 

El pasaporte de Erminia no era para mí un instrumento de libertad económica. Yo tenía familia, tenía estudios, tenía opciones. Lo que no tenía era un lugar donde ser lo que era sin el peso de todo lo que eso implicaba en los lugares donde había crecido. Lo que no tenía era él, aquí, en un mundo donde no tuviéramos que escondernos.

 

Lo conocí en la Universidad del Azuay. Nos descubrimos despacio, con esa cautela de quien cree que es el único gay de Cuenca y descubre que no lo es. Conocer a DM fue la confirmación de una realidad que una vez más me había obligado a aceptar. Pero las circunstancias aún no estaban listas para la nuestra. Decidimos tener una vida en secreto. El closet como único territorio posible en un valle interandino atravesado por cuatro ríos. Hasta que Justin lo nombró.

 

Are you nuts? Italy is as conservative as Cuenca. No. You come to England. You live with me until you are on your feet. Then you start the paperwork to bring him to the UK and you can be free.

 

Lo escribo ahora con esa claridad. Entonces todavía lo escribía en código —el diario de esos días habla de alguien que quiero volver a ver, en femenino, en el idioma que el closet enseña a quienes lo habitan demasiado tiempo. Mi corazón solo tiene ojos para aquella que dejé atrás. Era él.

 

Cuando colgué el teléfono me quedé un momento quieto en la sala de Bentley Grove con el auricular todavía en la mano. Pensé en sus ojos —DM tenía unos ojos claros que cambiaban de color según su estado de ánimo. Yo le decía que tenía ojos de gato. Con seguridad ahora los tenía de un verde triste, del color de extrañar lo que no se tiene, de añorar lo que está viviendo en otro cuerpo en otro continente. Pensé en la última vez que lo había visto, en Guayaquil, él con su novia y yo con la mía —con la que había terminado por motivos de mi viaje, más no por los motivos reales de mi realidad. En ese mundo donde los dos fingíamos ser otra cosa ante todo el mundo excepto ante el otro. Esa vida paralela construida en secreto que ahora, desde esta sala en Yorkshire, parecía al mismo tiempo muy cercana y completamente inalcanzable.

 

Colgué. Me serví un vaso de agua. Seguí.

 

Soy un poco soñador e iluso al creer que esta relación puede mantenerse estando los dos tan separados. Pero así soy yo.

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Justin ya lo sabía.

 

Nos sinceramos por completo esos días —él me contó de su infancia, de crecer rodeado de lujo y comodidad con esa sensación persistente de que algo faltaba. Yo le conté del plan. No con esas palabras exactas, no todo de una vez, sino de esa manera fragmentada en que uno cuenta las cosas importantes cuando todavía está aprendiendo a decirlas en voz alta.

 

Justin escuchó. No interrumpió. No juzgó. Simplemente estuvo ahí, esperando que el otro llegue a la respuesta por su propio camino.

 

También tiene su sueño: comprar cinco casas, rentarlas, vivir del arriendo en América Latina. Está empecinado en ser cantante de pop —fue a Londres, pasó la primera ronda de una audición, tiene una voz excelente y genuinamente profesional. Lo primero lo lograría con los años. Lo segundo quedaría para siempre en su tintero de proyectos.

……

 

El fin de semana del 18 de agosto era para farrear. Joss cumplía años y todos estábamos reunidos. Steve cocinó ese día y mostró sus dotes de chef ante todos. Justin compró boletos para el fútbol —Southampton, su equipo, versus el Leeds United. Fue mi primer estadio en Europa y mi primer partido de fútbol profesional. La Premiership empezaba ese sábado y la ciudad entera vistió sus colores. Los ingleses son ordenados incluso para hacer barra: la gente observa muda, aplaude al unísono, canta los mismos himnos, y grita, grita y grita que dan gusto.

 

Esa noche Justin me dijo que el fin de semana siguiente iríamos a Manchester.

 

—There's something I want you to see.

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Manchester es una ciudad fascinante. No es una Leeds con más gente —, tiene una densidad distinta, una confianza diferente, el peso de las ciudades que saben que han cambiado el mundo y no necesitan recordárselo a nadie. A finales del siglo XIX fue el corazón del comercio textil global; en los años noventa fue el corazón de otra cosa: el Madchester del acid house, los Stone Roses, Oasis, una escena musical que redefinió lo que podía ser el rock británico. En 2001 todavía se sentía ese pulso —la ciudad que produce cultura en lugar de solo consumirla.

 

Los cinco de Bentley Grove hicimos check in en el hotel y nos encaminamos a la noche. Empezamos en MPV —un bar que tenía esa calidad de los buenos bares: te recibe como eres y no hace preguntas. Lo suficiente para calentar motores, para que la ciudad entrara antes de que entrara la noche de verdad. De ahí pasamos a The Mint.

 

Fue Steve quien lo propuso. Con esa naturalidad de quien ha hecho esto antes y quiere que la experiencia sea buena: sacó la pastilla, me explicó, me dijo que empezara con la mitad y esperara.

 

Esperé.

 

Al principio no pasó nada. Seguí bailando, seguí bebiendo. Y entonces, sin que hubiera un momento exacto de inicio, empezó. No como encender una luz —más como si alguien fuera subiendo un dimmer, muy despacio, hasta que de pronto te das cuenta de que estás viendo todo con una claridad diferente. Los cuerpos en la pista se volvieron más nítidos y al mismo tiempo más amables. La música entró por el pecho en lugar de por los oídos —literalmente por el esternón, por las muñecas, por la planta de los pies. Reí. Reí muchísimo, con esa risa que sale del estómago y no avisa.

 

Hubo un momento —no sé a qué hora, el tiempo había dejado de funcionar de manera convencional— en que Andy me dijo algo al oído que no entendí y yo le respondí en español y los dos nos reímos durante lo que pareció diez minutos, aunque probablemente fueron diez segundos, y luego nos miramos sin saber exactamente de qué nos habíamos reído y eso nos hizo reír más. Steve nos miraba desde el otro lado de la pista con una expresión entre la satisfacción del experimento exitoso y la ternura del que cuida. Yo le hice la señal del pulgar arriba. Él sonrió. El sonido del club era demasiado y era perfecto.

 

Encontré una frecuencia que no sabía que tenía.

 

A las seis de la mañana, cuando ya cada uno navegaba por su propio lado lo que quedaba de la noche, Justin apareció a mi lado.

 

—Canal Street. Ve solo. Yo te encuentro después.

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Canal Street a las seis de la mañana de un domingo de agosto.

 

Dos años antes, en 1999, la televisión británica había emitido Queer as Folk —una serie creada por Russell T Davies que transcurría precisamente aquí, en este Village de Manchester. Mostraba sin comillas la vida de hombres gay en una ciudad inglesa: el sexo, el amor, el club, la amistad, la identidad construida a la vista de todos. No era una serie sobre la tragedia de ser gay. Era una serie sobre la vida de personas gay que tenían vidas. Para mucha gente fue la primera vez que veían eso en una pantalla. Llegó a televisores de granjas en Bolton, de pisos en Leeds, donde alguien miraba con la certeza de que ese mundo existía aunque todavía no supiera cómo llegar a él.

 

Una calle peatonal junto al canal de Rochdale, bares con mesas afuera, banderas arcoíris movidas por el viento de Manchester, gente en todos los estados posibles de la noche que terminaba. No era clandestino. No era oscuro. Era simplemente un lugar donde ciertas personas podían ser lo que eran sin tener que gestionar la reacción de nadie.

 

Caminé solo.

 

Hay una libertad en eso. En caminar sin calcular la expresión de la cara. Sin medir la distancia entre el cuerpo y el de otro. Sin estar pendiente de lo que el entorno espera. Solo caminar y existir y ser parte del paisaje sin que nadie lo encuentre extraordinario.

 

No sé cuánto tiempo estuve. El éxtasis le hace cosas al tiempo —lo vuelve más generoso, más elástico.

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Cuando ya era completamente de día entré a un café que no recuerdo cómo se llamaba pero que estaba abierto y tenía mesas y gente que como yo necesitaba algo caliente antes de volver a donde fuera que volvía. El tipo de café que existe en todas las ciudades con vocación nocturna: el lugar donde la noche va a desayunar antes de irse a dormir.

 

No estaba lleno.

 

En una mesa al fondo había un hombre de unos treinta años conversando con otro mucho mayor —setenta, quizás más. Lo que me detuvo no fue la diferencia de edad sino la calidad de su proximidad. No parecían amantes. No parecían padre e hijo. Parecían dos personas que se conocían de una manera que no tenía nombre común —una cercanía construida sobre algo parecido al cuidado deliberado, a la amistad que alguien decide ejercer porque sabe que alguien más la necesita.

 

En un momento el hombre mayor sollozó. No un llanto dramático —un sollozo contenido, de los que llevan tiempo esperando salir y cuando salen lo hacen en silencio. El joven lo dejó llorar. No dijo nada, no lo interrumpió. Solo puso una mano sobre la suya y esperó, con la paciencia de quien ha aprendido que el llanto necesita espacio, no soluciones. El hombre mayor se limpió los ojos con un pañuelo doblado —de esos que llevan los hombres de su generación. Se levantaron. Se abrazaron. El mayor se fue caminando despacio hacia la puerta, sin mirar atrás.

 

El joven se quedó y pidió otro té.

 

Yo no aguanté la curiosidad. Envalentonado todavía por el éxtasis —o por Canal Street, o por los veintisiete años, o por el Corn Exchange, o por todo junto en ese amanecer que contenía demasiadas cosas— me acerqué y me senté en su mesa sin esperar invitación.

 

—I'm sorry. I was watching you two the whole time. Was that your father?

 

El joven me miró. Luego sonrió, con la sonrisa de quien ha escuchado esa pregunta antes.

 

Se llamaba Gary. Gary el Manchuriano, como lo llamaría en los meses que siguieron —mi primer amigo gay, aunque en ese momento todavía no lo sabía del todo. Tenía unos treinta años y trabajaba como voluntario para la LGBT Foundation de Manchester —una organización que desde 1975 ofrecía apoyo, acompañamiento y servicios a la comunidad LGBT de la ciudad. En 2001 tenían ya un programa de befriending: esa palabra inglesa que no tiene traducción exacta al español pero que significa algo así como hacerse amigo deliberadamente de alguien que está solo, acompañarlo, ser el puente entre su mundo y el mundo. No un terapeuta. No un funcionario. Alguien que se sienta contigo en un café a las seis de la mañana y te muestra que el mundo ha cambiado y que has llegado tarde pero has llegado.

 

Gary acompañaba a personas mayores LGBT —hombres que habían vivido décadas en el closet, que habían perdido parejas, que llegaban al Village por primera vez a los setenta años sin saber qué hacer con lo que encontraban.

 

El hombre que acababa de irse era uno de ellos.

 

Me contó su historia.

 

Dos hombres que se conocieron a los diecinueve años. Agricultores. Se fueron a su granja en el campo, cerca de Bolton, treinta kilómetros de Manchester. Cincuenta años juntos. En el closet completo —no exactamente por miedo, sino porque el mundo donde vivían sencillamente no tenía espacio para lo que eran, y ellos habían construido su espacio propio: una república privada de dos, sin testigos, sin necesitar nada del resto. La granja. Los cultivos. La cooperativa local. El pueblo para las diligencias. Una vida entera hacia adentro.

 

Hasta que su compañero murió.

 

Y el mundo que habían construido durante cincuenta años quedó de un lado de la puerta. Y él del otro.

 

Fue Queer as Folk lo que lo trajo a Manchester. La serie llegó a su televisor después de la muerte de su compañero y él decidió venir a verlo con sus propios ojos. Gary lo encontró, lo fue acompañando, le fue mostrando poco a poco ese mundo que había existido todo el tiempo sin que él lo supiera.

 

Esa noche lloraba por dos cosas a la vez.

 

Lloraba por su compañero. Y lloraba porque el mundo había cambiado tanto y tan tarde —porque había alegría en el progreso y una tristeza inconsolable de no haberlo conocido juntos.

 

He's grieving two things simultaneously, me dijo Gary. The man he loved. And the life they could have had.

 

Lo escuché y algo dentro de mí se reorganizó en silencio.

 

Pensé en una granja en el Midwest, en medio de maizales, a pocas millas de Des Moines.

 

En una carta que no llegó.

 

En lo que cabe entre los diecinueve años y los setenta cuando uno tiene suerte y encuentra a alguien.

 

Buck.

 

Por primera vez desde hacía mucho, lo pensé con su nombre. Solo su nombre, sin rodearlo, sin traducirlo, sin enterrarlo debajo de los años. Solo eso.

 

Me quedé ahí un momento con ese nombre.

 

Hay personas que cambian la dirección de una vida sin saber que lo hacen. Hay cartas que no llegan y sin embargo entregan su mensaje —solo que años más tarde, en otro país, en la historia de un desconocido que vivió lo que uno no pudo terminar de empezar.

 

No sé cuánto tiempo más estuve sentado con Gary. Pero recuerdo la amistad entrañable que empezó esa mañana.

 

Cuando salí era completamente de día. Me encontré con Justin en el hotel —los chicos se habían ido en el tren de vuelta a Leeds, solo él me había esperado.

 

—Well?

 

—Well, dije.

 

No hizo falta más.

 

Empezamos a conducir de regreso a Leeds. Manchester desprendiéndose de su noche alrededor nuestro —los primeros autobuses, los primeros trabajadores, el canal de Rochdale reflejando un cielo que todavía no había decidido del todo qué color quería ser. Justin tarareaba Yellow, de Coldplay. Había aprendido a estar en silencio conmigo de esa manera —sin llenarlo, sin preguntar, dejando que las cosas se asentaran solas.

 

En algún momento puse la mano en su hombro un segundo. Solo eso. Un gesto que no necesitaba traducción entre nosotros.

 

La bruja Nydia había dicho que iba donde alguien que lo consideraba como a su hermano.

 

No se equivocó.

© 2023 Al-human | PhD Literatura | Andres Aluma

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